ROBERTO PARRA

Administrador Agosto 7, 2013 Leyendas No hay comentarios en ROBERTO PARRA

Conversaciones con el Maestro

Extractos de conversaciones con don Roberto Parra, registradas y transcritas por Mario Rojas. (15 de Septiembre de 1994)

Los Dieciocho, en los años treinta.

“El nombre de ‘ramadas’, en el Sur, en los años treinta, se les daba porque eran verdaderas carretadas de ramas las que se ocupaban en su construcción. Tapadas enteras, por arriba y por los lados, no se veía para adentro. Y con una sola puerta.”Se empezaba tocando puras tonadas, valsecitos y algunos pasodobles. Y a una hora empezaba la cueca. “Jarros grandes de chicha con naranja. “Y cuando estaban todos con el copetín, salíamos con el grito de Ácueca!. Y ya no se paraba más. Tocábamos el acordeón, guitarra y pandero. En las ramadas grandes tenían piano. Se dormía y se comía ahí mismo. Se iban turnando, pero se tenía que pasar todo el día ahí metido. Yo no, a mí me contrataban. Tocaba arriba, y después salía a recorrer y a cantar a otras ramadas y dejaba a mis compañeros solos, así que después qué me iban a pagar… Dorm’a debajo de los mesones, cantaba un par de cuecas bien cantás, -a veces me estaba dos o tres horas cantando- y me iba a recorrer, a ver otros amigos, de las otras ramadas. “Para el centenario de Chillán fueron diez días de fondas. Para durar los diez días cantando, puuuras cueeecas… “El primer día, los viejos sacaban las cuecas más difíciles. Pero el último día ya no les salía ni en Do mayor. Pegaban el puro grito de ¡va!, y los panderos…. los instrumentos sonaban fuerte. No había micrófono. Era lindo sin micrófono, el cantor se colocaba una corneta de esas de los fonógrafos, una bocina grande en la boca, pa’ que saliera un poquito más fuerte la voz (los que tenían esa bocina). Baterías también, de puro bongó, con una caja armónica, de madera, y un tamborcito chico y un platillo. Eso era toda la batería. “Yo dormía un ratito debajo de algún mesón, y en la mañana ya estaba de nuevo pidiendo trago. Luego, cuando tenía que tocar, ya estaba encañonao, a la pinta, alegre ya. En el sur no es como por aquí. Allá, el que parte primero parte no más. Uno sabía quienes eran los buenos cuequeros, así que cuando uno tenía un buen contrato iba al tiro a buscar los buenos cuequeros, que tocaban pandero. Casi siempre había “colas”. “La Tía” le decían a uno. Con un pandero y un par de guitarras, sino era gran bulla. ¿Y quién iba a puntear en ese tiempo? Yo ya punteaba por tercera alta, un puro pedacito no más, pero la gente quedaba admirada. La saca uno y la pesca otro y de repente terminan los tres. “Entonces se buscaban los cuequeros. En Rancagua yo era buscadito. Y no tan sólo yo, éramos como tres o cuatro, en la calle Aurora, en la casa de putas. El acordeonista era el que buscaba a los otros cuequeros. Acordeón de tres corridas de botones. Allá empiezan todas las ramadas a las siete de la mañana, si quieren, hasta las doce en punto. Y queda una sola trabajando, la “fonda oficial”, ah’ caen todos los “futres”.

 

 

Toros

“Y luego se llegaba a las roscas. Aquí en Santiago se pelea menos, por el miedo a los pacos. Las peleas terminaban en guerra campal, generalmente por sacar a bailar a alguna jovencita sin permiso del padre, o alguna mujer casada.

“Y mientras tanto, ya se había corrido la bola en pueblito chico que habían llegado dos toros. Toro es el guapo de una comunidad, población o pueblito chico. En los pueblos chicos hay un toro, y ese toro ÒbramaÓ.

“Estos se buscan entre ellos. Y se dice por ejemplo, que: ya le pegaron al toro de Conchalí, al de Pudahuel, le pegaron al de Renca, etc. Y sólo va quedando el de Puente Alto, y otro que viene haciendo la arrasá con todos para acá (como ejemplo nombra comunas santiaguinas, pero se refiere a localidades del sur. -Nota del redactor).

“Porque este torito es bueno para los puñetes, y anda siempre encañonado, pero no curado. Y el otro llega hasta acá, así que apenas entra a la fonda pega la bramida ¡fuerte!. Y paran toda la música, y va gritando por el medio de la fonda, de la calle. Crespo el güevón, sin camisa, peludo. Hasta que le contesta otro grito, en la mitad de la cancha, otro grito. Viene en patota, pero los demás no se meten en nada, es bulla la que traen. Traen a su toro ellos. Y el toro tampoco gasta. Donde pide el torito, no paga él. La barra es la que gasta con su toro. Y cuando pierde el toro, se quedan con el otro toro.

“Aquí en Santiago no hay. Aunque anteriormente tal vez ha tenido que haber. Pero era de todo Chile. Cuando ya bramó el toro, éste se paró ahí. Y vuelve otro bramido. Son tres bramidos, ellos saben por qué. Pregunta y respuesta, pregunta y respuesta, el último grito ya es el grande. Ahí ya salen y se empiezan a acercar, y ahí empiezan ya derechito. Son peleas sin patadas y sin nada, a puro puñete limpio. Pelean dos o tres veces, se curan entre los dos, abrazados, tomando, y vuelven a pelear. Y ahí ya quedan todos en una sola barra. Y uno se va derrotado y no vuelve nunca más, y el que va ganando, hace lo mismo todos los años.

“Y es delicado el que brama y después no pelea. Lo pueden matar, porque se le va la barra encima. Porque: ¿pa’ qué contestó? Donde brama un toro no contesta un ternero. Tiene que contestar un toro que se la pueda”.

 

Pepe Balboa y Lázaro Salgado.

 

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