Nano Parra, cantor

Administrador Septiembre 11, 2012 Entrevistas No hay comentarios en Nano Parra, cantor

«El concepto de “cueca chora” fue de mi creatividad»

Nano Parra_entrevista

Su madre y su tío, Hilda y Roberto Parra, lo formaron musicalmente y le hicieron ver que no hay otro oficio posible cuando se tiene al canto tan dentro del cuerpo. Alrededor de treinta álbumes pueblan la discografía de este cantautor, quien desde un principio quiso homenajear a los personajes de los bajos fondos urbanos a través de una cueca inspirada en su lenguaje y su vida. «En la Peni me adoraban», recuerda.
Por Marisol García.

Personajes del hampa, como «el loco Pepe», y anónimos de los bajos fondos de Santiago y Valparaíso ocuparon las primeras cuecas compuestas por Nano Parra en su juventud. El hijo mayor de Hilda Parra (su nombre completo es Fernando Báez Parra) encontró en los ambientes nocturnos de billares y bares, y en los espacios más sencillos de trabajo de carga la inspiración suficiente para levantar lo que él asegura fue, en 1967, el primer disco de cuecas choras; cuecas de homenaje a un mundo marginal que se valían del propio lenguaje de esos ambientes para narrar con humor su pasar cotidiano.

Cuecas con salsa verde fue el nombre de ese álbum editado por EMI-Odeón, y atribuido al Trío Los Parra, el conjunto que Nano formó un tiempo junto a su hermana María Elena y su madre; y en el que también colaboraron algunos de sus célebres tíos, como Roberto. Nano Parra quería que el disco se llamara Cuecas choras pero no llegó a acuerdo con el sello en torno a un concepto entonces desconocido, probablemente imposible de promocionar.

«El concepto de cueca chora fue de mi creatividad», asegura el cantautor, ocupado hace décadas en la administración de una peña con su nombre en el barrio Bellavista, y cuya treintena de álbumes —llenos de cuecas, tonadas, coplas y otros géneros— resulta hoy difícil de pesquisar. Muchos de ellos llevaron lo de «cuecas choras» en su título, como Lolos marihuaneros y otras cuecas choras (1970), Un racimo de cuecas choras (1972) y Cuecas choras de toque a toque (1975).

—¿No fue tu tío Roberto el primero en hablar de cuecas choras?
—Él hablaba de sus cuecas «pícaras»,  aunque mi tía Violeta le decía: «No, Roberto: las tuyas son cuecas diablas». En los [años] sesenta existía ya el nombre de cueca «chilenera». De la cueca brava se vino a hablar mucho después. Yo tenía la picardía de haber vivido toda mi vida entre choros. Conocía perfectamente el mundo de los pool, donde a los quince años me pasaba todos los días, casi, hasta que cerraban. Ahí era capador, y no había nadie que me ganara. Me iba luego a la casa con los bolsillos llenos de plata. Entonces, quise hacer cuecas con el lenguaje de esos ambientes: el lenguaje choro, el lenguaje coa.

—¿Y qué temas te interesaba meter en esos versos?
—Yo quería cantarles a los personajes que conocía. Por eso en ese primer disco están “El loco Pepe”, “El cabro Honorio”, “El Vivo El Ojo”, “Flaites del puerto”…

—Choros que tú ahí presentas como héroes.
—Claro. ¡Cuántas veces fui a la Peni a cantar! Ahí me adoraban. En una de esas visitas, el Loco Pepe le pidió a los gendarmes que me llevaran hasta su pieza, donde le tenían radio, televisor… un lugar impecable, privilegiado. Y yo, ¿qué miedo iba a tener? Si me había críado con los verdaderos choros. Y entonces lo conocí y él me dio las gracias por haberle compuesto una cueca. «Usted, que es una persona tan importante», me dijo. Y yo me reí: «El importante
erís tú, un personaje dentro del hampa. Yo sólo quise hacer una canción». Ahí nos quedamos, conversando un café. Canté siempre en muchas cárceles. Me llamaban y a mí me encantaba. Conocer esos dramas humanos me servía como incentivo para componer letras.

—Pero en ese retrato siempre había humor; o ironía, al menos.
—Eso, siempre. Yo buscaba el chiste en esos dramas, y a la gente le encantaba.

Antes de entrar por primera vez a un estudio de grabación (es uno de los colaboradores del clásico álbum de 1965 Las cuecas de Roberto Parra), Nano Parra se había resistido por años a dedicarse a la música, asegura. Atestiguar la vida de sacrificio entre quintas de recreo de Santiago de su madre y de sus tíos Violeta, Roberto y Lalo le había hecho buscar la supervivencia en cualquier oficio más tranquilo y rentable. El canto y la guitarra, sin embargo, son para él un asunto natural, herencia del amor cotidiano con que los enfrentaba su madre, Hilda Parra.

—A los nueve años, recuerdo estar viviendo en una pieza junto a mis padres y mi hermana. Mi mamá llegaba de su trabajo como a las cuatro o cinco de la mañana, y nos acostaba a su lado, y así dormíamos hasta el mediodía. Mi mamá era alguien que vivía de la música, que comía música. Cuando se despertaba, me decía: «Nano, pásame la guitarra». Y ahí nos poníamos a cantar en la cama. Eso era todos los días. Además, a ella siempre la invitaban a fiestas, presentaciones, y nosotros siempre la acompañábamos, y aprendíamos sin ningún esfuerzo. A la gente le llamaba mucho la atención ver a niños tan chicos cantando tantas canciones. Pero no nos dábamos cuenta. Era algo natural.

—Tu madre es considerada una de las grandes cuequeras de la historia.
—Era la mejor. Mi tío Nicanor me ha dicho: «La cuequera más grande del mundo fue la Hilda, Nano. Nadie le ha hecho el peso». Voz de trueno. Melodiosa, también. Cuando cantábamos en la peña Chile Ríe y Canta, de René Largo Farías, recuerdo un lugar lleno, mucha gente con trago, y que mi mamá empezaba a cantar y se producía un silencio total.

La resistencia inicial de su hijo mayor no fue obstáculo para que Hilda Parra supiera cuándo y cómo insistir sobre la conveniencia de verlo ocupado en la música. Cuando Nano fue despedido de un trabajo en el aeropuerto de Cerrillos, su madre le dijo: «Nano, ahora», y lo llevó a conocer a Rubén Nouzeilles, el visionario ex director artístico del sello EMI-Odeón.

«Mi mamá me ha hablado mucho de ti», me dijo él. «Me gustaría escuchar qué haces. Te doy tres meses para que te compongas unas quince cuecas». «Ya, pues», le dijo yo.

—¿Te la podías?
—Ya tenía las lecciones de mi tío Roberto, un hombre maravilloso. Conviví mucho con él. Era alguien muy generoso, muy cariñoso; sobre todo con sus sobrinos. Y más cariño nos daba cuando estaba curadito [sonríe]. Sus lecciones eran rápidas. Él me dijo: «Nano, la cueca se trata de una cuarteta octosilábica, luego una seguidilla de siete líneas y un remate. Si te sales de ahí, ya no es cueca». Eso fue todo. Y ahí me fui de un viaje.

Los valores de la chilenidad son, para Nano Parra, la herencia de una familia que lo ubicó en lugares y entre personas de la más cautivante raíz popular. Su memoria registra el grueso de esos episodios, que él mismo ha ordenado en las más de cuatrocientos ochenta décimas que componen su biografía familiar (aun inédita) Entre Parras. Larga esa saga la narración de su propio nacimiento, ocurrido según el cantor entre las mesas y escenarios de una ramada. Allí el cantor enrosca la poesía popular con su propia biografía:

Me cuentan que yo nací
con las fiestas dieciocheras,
en medio de las banderas
del pueblo de Curacaví.
Las fondas de por allí
con adornos de colores
parecían ramos de flores
p’al día de mi nacimiento,
y quiero en este momento
relatar los pormenores.

A las cuatro de la mañana
en la fonda de don Jecho
nació gritando este pecho
entre chuico y damajuana.
Bajo el mesón, una cama
al lado del escenario
Hilda Parra y su canario
compartiendo su dulzura
la partera con dulzura
me abraza a su escapulario.

 

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