Mario Rojas, director de cuecachilena.cl

Por una épica cuequera

Mario Rojas_Entrevista
La tienen los blueseros en Estados Unidos; los bailaores, en España; los tangueros, en Argentina. El esfuerzo por levantar el gran relato de la cueca chilena —«con dignidad, desde fuera de la academia»— es, en parte, lo que moviliza hace años a Mario Rojas, quien combina su propia inquietud como músico y escritor a su curiosidad infinita por el mundo que lo ha fascinado desde niño.
Por Marisol García

Paradojalmente —o no tanto, quizás—, más de una década de vida en el extranjero afinó en Mario Rojas la mirada sobre Chile y su arte popular. Mucho antes de que se hablara con naturalidad sobre world-music o neofolclore en el contexto global, al músico, realizador y productor le inquietaba la suerte de aquellos cuequeros amigos de su padre (guitarrista aficionado y oyente aplicado) que había conocido de niño en su casa de Santiago, convencido de que entre ellos latía todo lo necesario para levantar un gran panteón de música chilena de rasgos propios, inspiradores y trascendentes como marca identitaria.

Este sitio, cuecachilena.cl, es parte del esfuerzo que desde los años noventa viene realizando Rojas por construir lo que él llama una «galería de notables». Insignes cuequeros a los que también ha homenajeado hasta ahora en discos, libros (El que sae, sae, Roberto Parra), programas televisivos y el único documental que alcanzó a registrar el trabajo del fundamental conjunto Los Chileneros. Todo esto, en paralelo a su propia labor musical —solista y junto a grupos como De Kiruza—, en la que la cueca no es el cauce principal pero sí ha marcado una cita de actitud y mirada sobre Chile y lo popular.

—¿Te acomoda el calificativo de investigador?
—No, porque creo ser un tipo que carece de rigor en ese quehacer. He sido alguien que ha acumulado información, por una cuestión formativa, por experiencias de vida, porque he sido súper observador y en algún momento estudié algo de Sociología, y me interesa. Pero creo que hay una diferencia entre eso y un investigador sobre música popular como lo han sido [los académicos] Rodrigo Torres o Juan Pablo González, por ejemplo.

—Lo interesante es que has conseguido plasmar esa curiosidad en trabajos, en obras, y no dejarla suelta como pura teoría.
—Creo que eso se debe a que siempre me he parado en el lado del arte, tratando de ver estos fenómenos desde la estética. Y eso te lleva a la acción: a componer una canción, a escribir un texto; por ejemplo, como sucedió con La Negra Ester. Al poco tiempo de volver yo a Chile [mediados de los años ochenta] me reuní con Roberto Parra, a quien conocía previamente —aprendí a tocar guitarra con “El chute Alberto”—, y me maravillé de ver a alguien así, con ese talento, y sin embargo tan anónimo. Me daba cuenta que era muy simple darle el lugar que él se merecía, en el sentido que bastaba con empujarlo así un poquito para que el resto pudiera ver también a ese hombre genial. Las décimas de La Negra Ester ya estaban publicadas en ese librito pequeño del Taller Nueva Gráfica y cuando las leí, pensé de inmediato en una obra de teatro. Más específicamente, en el grupo de teatro callejero con el que entonces trabajaba Willy Semler, y con el que nos habíamos topado a través de De Kiruza. Fue una ocurrencia mía clara y lúcida, sin ninguna ambigüedad: para mí ese texto y ese teatro eran como las piezas de un puzzle que encajaban perfectamente. Pero, bueno, es una historia de muchas aristas, porque al final la cosa no anduvo bien, y fue entonces que apareció Andrés Pérez y lo tomó.

—Siempre has sido cauteloso de no darte crédito por este descubrimiento, si bien el vínculo de La Negra Ester con los actores que llevaron el texto a Andrés Pérez (Willy Semler y María Izquierdo) fue tuyo.
—No tiene nada que ver. Fue Andrés Pérez quien convirtió el texto en una obra de arte. No veo un mérito mío en eso. Él tomó los textos tal cual estaban, y, aunque les agregó algunas cosas que nunca me han convencido, hizo una maravilla. Pero mi afán original fue: «Chuta, aquí está Roberto Parra, sé lo importante que es, y cómo puede ser que la gente no cache». Algo parecido me pasó después con Nano Núñez. Me acuerdo clarísimo de un programa en Televisión Nacional, “Bellavista 0990”, en que era evidente que ni el periodista que lo estaba entrevistando ni el camarógrafo, ni el noventa y nueve por ciento de los que estaban mirando entendían de lo que estaba hablando ese señor. Y para mí era urgente buscar un espacio en el que pudiera entrevistársele con respeto, dejándolo hablar; y no como un viejo curioso que recuerda cosas pintorescas sino como un creador de marca mayor.

De ahí viene ese concepto que hablábamos mucho con Rodrigo Torres: «Es cosa de empujarlo un poquito»; o sea, su discurso es tan poderoso, que si somos capaces de producir una plataforma para mostrarlo se va a convertir en un gran personaje. Ahí me gané ese fondo para hacer el documental sobre Los Chileneros (La cueca brava de Nano Núñez. Bitácora de Los Chileneros, 1998). En ese sentido, creo que mi trabajo ha sido servir de puente entre mundos. Quizás por haber vivido varios años fuera, no me siento atado por clasificaciones locales, de clase ni de camarillas, y eso me ha dado más libertad. He estado desprendido de prejuicios, y por eso he podido trabajar con gente diversa y mirar con ojos frescos ciertas propuestas que se supondría no tienen que ver con mi mundo.

—¿Cómo fue la relación con Nano Núñez durante la preparación del documental?
—Cansadora. Era alguien que demandaba mucha energía. Alguien con una necesidad brutal de expresar, de hacer, de pelear cosas. De dejar su nombre en la historia, no de sentarse a mirar. Y yo no soy peleador, por mucho que llegaron momentos en que llegamos a discutir a gritos. Pero todo esto son pelos de la cola para alguien hacia quien yo sentía tanto respeto. Creo que la relación anduvo bien hasta que entramos a grabar el disco con Daniel Muñoz (Los Chileneros en vivo, 2001), y donde comenzaron varias discusiones sobre qué repertorio había que grabar. Hoy eso es parte del anecdotario, y lo que está es el disco y el documental, que me parece que son importantes.

—A esa curiosidad de la que hablabas, esa capacidad de ser puente entre mundos, hay que sumarle la ventaja biográfica de la vida junto a tu padre, un cuequero con contacto con los mejores de su tiempo.
—Es cierto, y es algo a lo que por supuesto le tomo el peso. Esa formación me hizo tener una aproximación probablemente más fresca a la música. Recuerdo que cuando vivía afuera, y me llegaba una [revista] Bicicleta, pensaba: «De lo que se pierden estos tipos por sobreintelectualizar la cultura popular. Si tienen ahí al alcance de la mano a grandes artistas, al equivalente de los blueseros…». O sea, a mí siempre me ha inquietado que haya chilenos que se llenen la boca con Woody Guthrie y Muddy Waters y no tengan idea quién es Mario Catalán ni Tumbaíto. Y eso es porque había tenido en mi casa a grandes figuras y sabía de su talento y su naturalidad. He tenido esa lucidez, sí. Y te diría que mi intención es construir una épica que sea útil a nuestra historia, y ponerla en un contexto de dignidad, que no sea la de la academia. Tal como en Argentina existe en torno a figuras como Discepolo, Troilo… que en su conjunto, con sus anécdotas y grabaciones, construyen una épica en torno al tango. Eso en Chile no existe, y lo merecemos. Una propuesta digna se puede parar frente a los gustos oligárquicos, que históricamente han ninguneado «los gustos del pueblo», y pelear de igual a igual en valor musical, gráfico, humano, etc.

—¿En esa misma lógica se inserta la creación del sitio cuecachilena.cl?
—Estando afuera yo ya había visto un fenómeno relacionado con la inserción de las culturales locales en el contexto de la globalización. Y veía cómo —tras un tiempo de sobrevaloración del rock, a mi juicio— agarraban fuerza el flamenco, el tango, etc. Y entonces mi idea era que en Chile también iba a terminar surgiendo «una galería de notables», y así romper la idea de que la cueca es algo didáctico o patriótico, porque al final es música popular, y que perfectamente pueden surgir «los Rolling Stones de la cueca». En eso el tiempo me ha dado la razón, porque el sitio ha sido un reflejo de eso, un lugar de encuentro, de promoción, de consulta para nuevos nombres de la cueca. Llega un punto en que esto es tan evidente que ya no requiere un gran trabajo ni una gran argumento: es algo que se defiende solo.

—Es algo vivo para oyentes y también para músicos, una suerte de nueva cantera de referentes.
—Pienso que en los próximos diez años será muy difícil encontrar música popular chilena joven y de calidad que no tenga alguna influencia de la cueca. Estaba en Álvaro Henríquez y Los Tres, por supuesto, pero se ha extendido en muchos otros músicos y seguirá haciéndolo. Es lógico que así sea.

—¿Qué importancia ha tenido la cueca en tu propio desarrollo como músico?
—Bueno, ha sido fundamental en mi trabajo, porque me ha permitido buscar fórmulas, jugar con la composición. Pero lo primero que debo aclarar es que no me siento un cuequero propiamente tal. Para eso hay que tener una formación, sobre todo en el modo de poner la voz (lo que llamamos «el pito»). Es un oficio, y yo no lo tengo. Puedo tocar una cueca, claro, pero no tengo la maestría para cantar de muchos que conozco.

«He experimentado con elementos de la cueca para hacer mis propias composiciones. En algunos casos con una progresión armónica, a la que le invento una melodía que no cae nunca en el tiempo fuerte, que se va arrancando todo el rato de la estructura rítmica. “Para ti, luces del puerto” [de su disco Musi-cachi-lena, de 1997] es un ejemplo de esa intención. En otros temas me ha dado por jugar más con el lenguaje; o con el ritmo, específicamente, sin prestar mucha importancia a la armonía, como en “A puro corazón” [del mismo álbum]. También he incorporado a mis trabajos músicos de diferentes corrientes musicales, tratando de transmitirles algunos códigos de esta cueca que conozco. Y todo se ha fusionado de manera bastante fluída, lo que me alegra mucho, pero no es suficiente para mí. Mira, debo admitir que soy una persona sin mucho método. Igual mi trabajo ha asumido riesgos y, seguramente, es bastante incomprendido… pero me gustaría que existiera un real desarrollo de esas ideas que he sembrado, por músicos más enfocados y más técnicos. Hay dos o tres propuestas jóvenes, por ahí, que me han impactado por su espíritu vanguardista: las de Juan Pablo Villanueva, Rodrigo Pinto, Michu, Alex Muñoz, y seguramente se me escapan varios. Son cabros aplicados y que se manejan bien en ambos lenguajes, el de la cueca y el de la música popular contemporánea. Ésa es una fusión que a mí me fascina».

Más información:
mariorojas.scd.cl
Entrevista en EMOL sobre El que sae, sae. Crónica personal de la cueca brava.

 

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