Manuel Sánchez, guitarronero

«Para los poetas populares, la cueca es parte de nuestro oficio»

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Poeta en décimas, payador y guitarronero, Manuel Sánchez es la nueva luminaria de aquella vieja tradición chilena en torno al llamado canto a lo poeta; aunque, en su caso, refrescada por experimentos y reformulaciones asentadas en su gusto por el blues, el rock o la música arábigo-española.
Por Marisol García

Poesía popular, guitarrón y cueca suelen definirse en estancos separados. Manuel Sánchez los acerca y combina. El músico nacido en Santiago, críado entre Coihueco (VIII Región) y Lo Barnechea, considera no sólo que la cueca puede tocarse con guitarrón sino también que los códigos de la paya y la poesía popular están contenidos en su esencia.

«Para los poetas populares, la cueca es parte de nuestro oficio, junto a la décima y la cuarteta», explica. «Ha estado presente siempre, como parte del canto a lo humano. En los tiempos de la lira popular se publicaban décimas, brindis y cuecas. Quizás ahora eso se olvide por el carácter más de baile que se destaca en la cueca, pero para mí no hay duda de que está muy unida a la poesía».

Su trabajo de más de quince años —su primera grabación fue para un cassette del payador Francisco Astorga— es muestra de desprejuicio y voluntad heterodoxa. En los tres álbumes solistas que Sánchez ha publicado hasta ahora se combinan formas diversas de folclor y canción popular, con su guitarrón dispuesto por igual para una milonga, una tonada en décimas, la canción nacional y, por supuesto, la cueca. Le interesa, asegura, el encuentro entre lo campesino y lo urbano, y también llevar la observación de la actualidad a la métrica tradicional. En el más reciente de sus discos, Perro callejero (2012), la cueca se presta incluso para que el autor opine sobre el conflicto estudiantil (“Educación con precio”) y la corrupción policial (“Alto Hospicio”). Él las llama «cuecas contingentes». En general, las composiciones de Sánchez esquivan el tópico amoroso y el costumbrismo. «Hay un mensaje social en todo lo que hago. Me cuesta separarlo de mi música. Es parte de mi observación como payador», advierte.

disco—¿Es una rareza meter el guitarrón en la cueca?
—Hoy en día ya no tanto. Pasa que el guitarrón se ha mantenido exclusivamente en el acompañamiento de la décima, ya sea en el canto a lo humano o a lo divino. Sin embargo, cada uno de los guitarroneros que yo he conocido tienen un repertorio de música sólo para guitarrón y que escapa al canto a lo poeta y el acompañamiento de la décima. Y en eso está incluido el vals, la polca, la mazurca y la cueca. Lázaro Salgado tocaba hasta jazz en el guitarrón. Los guitarroneros siempre han incluido cuecas en su repertorio, pero por una cosa más íntima, más personal. Es algo casi en su soledad; casi nunca lo muestran.

—Dices que eso está cambiando.
—Hay como un resurgimiento del guitarrón y su conexión con la música de instrumentos solistas. Creo que en veinte años más va a existir un gran repertorio, y el guitarrón a va tener un uso de instrumento solista. De hecho, yo lo he incluido en muchos géneros musicales. Ahora estoy preparando un concierto de guitarrón en el que me escapo del canto a lo poeta: cuestiones no muy estrambóticas, pero que mantienen el estilo y la técnica del sonido del guitarrón.

—Es muy interesante lo que hiciste con la Canción Nacional, de Eusebio Lillo y Ramón Carnicer, para el disco Guitarrón a lo poeta (2007). Es algo muy atrevido y que, a la vez, obliga a repensar esos versos.
—Ahí yo adapté la Canción Nacional al guitarrón y al estilo del canto a lo poeta. Yo quería desdibujar esa imagen de patria de bandera, cordillera y esa gran marcha militar que supuestamente es una de las más lindas del mundo. La Canción Nacional tiene un lenguaje muy rico, que te aprendes de chico y luego repites sin pensar. Pero, si vuelves a escucharla, reparas en frases muy bien hechas, armadas por un gran poeta casi desconocido, como es Eusebio Lillo, y muy representativa del sentimiento patriótico de ese momento, que es mucho más noble que el actual. Era una concepción de patria de horizontes más amplios, en la que el mundo militar sugería algo más integrador, casi de cobijo. Eso ya no corre en lo absoluto.

—¿Qué puede aportarle el guitarrón a la cueca?
—De partida, un sonido diferente. Son las mismas melodías y entonaciones, pero se adaptan. El guitarrón te permite acompañar la cueca y también ubicarlo como instrumento protagonista, «cantando» la cueca. En el Ensamble Tradicional Chileno —dice en alusión al grupo que formó junto a Sergio Sauvalle y José Cabello—  hicimos eso: cuando cantaban el rabel o la guitara, el guitarrón acompañaba; y cuando canta el guitarrón, los otros instrumentos acompañan. Ahora con Fabiola González, La Chinganera, estamos haciendo un trabajo de cantar cuecas ella con guitarra y yo con guitarrón. Un dúo en el que, además, ambos cantamos. Son fórmulas incipientes, que recién se asoman, pero que sin duda van a dar que hablar.

—Tu esfuerzo en la música ha sido hasta ahora como intérprete y autor, pero me pregunto si también te acomoda la definición de investigador. En tu trabajo es evidente el afán de búsqueda y de indagación en la raíz.
—No es una cuestión que yo me haya propuesto, sino que eso te lo da simplemente el contacto con los demás. Al conversar con otros que están en algo parecido se te va ampliando el concepto de lo que te interesa hacer y mostrar.

—Pero tú podrías estar en la carrera de ser el mejor guitarronero de Chile, y limitarte a tocar composiciones ajenas. Sin embargo, compones y propones.
—Claro, porque para mí la principal motivación de todo esto es la creación. Yo no podría ser intérprete solamente. Puedo cantar cuecas de otros en vivo, claro, pero si hago un trabajo mío, propio, siento esa necesidad de expresión personal. El ejercicio de la improvisación constante hace que sentarte a escribir sea un proceso súper sencillo, y me parece absolutamente necesario hacerlo. No es mi intención ser ofensivo, pero esto lo digo como un llamado de atención a quienes hoy están metidos en la cueca: la creación es fundamental en esto. Si Nano Núñez no hubiese creado, si Mario Catalán no hubiese creado, si Domingo Zamora no hubiese creado… ¿qué estaríamos cantando hoy en día?

—Los mejores cuequeros han sido también compositores.
—Sin duda. Constantes creadores. No son tan famosos como intérpretes, sino por sus composiciones. Hasta cierto punto es un deber: recojamos esto, pero también aportemos algo.

—La otra pata llamativa de tu trabajo es el lado medio subversivo que tú le has dado al uso del guitarrón, alejándolo del folclor purista.
—Claro. Tiene que ver con perderle el miedo al instrumento o al qué dirán. Por lo general, los puristas no son los guitarroneros [sonríe], sino que académicos. Los guitarroneros alaban que existan otras vías de difusión del instrumento. El recelo de los musicólogos no me provoca nada porque la opinión que me interesa es la de mis pares. Explorar a partir del guitarrón es lo que me intresa y es lo que voy a seguir haciendo. Y veo todavía un montón de vías por dónde explotarlo. Creo que de a poco comienza a comprenderse lo que hago, que esto va por un camino correcto y que no le falta para nada al respeto a la tradición. Ha sido un proceso muy natural, muy simple, casi sin intención. La técnica del guitarrón es de un rigor máximo, y pasé por ella tal como se debe, sin saltarme ninguna etapa. Fue un camino de maestros, de mucho respeto. Pero hoy estoy atreviéndome con algunos cambios, y confío en que esa diferencia logrará que enganche gente que jamás hubiese llegado de otro modo al guitarrón.

Más información:

Biografía Manuel Sánchez en MusicaPopular.cl
Ficha en payadoreschilenos.cl

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