Félix Llancafil, cuequero urbano y campesino

Sus dos mundos

Es conocido sobre todo como parte de la delantera de 3X7 Veintiuna, uno de los más populares grupos cuequeros chilenos, el mismo que está presentando en estos días su reciente disco Collereándole a la brava chilena (2012). Pero con Félix Llancafil, cantor y acordeonista, hay mucha más historia en juego, y aquí entra en los detalles.
Por David Ponce

No es un cambio definitivo, sino temporal. Un paso al lado. «Dio un paso al lado», es como se refiere más de una vez en esta conversación el acordeonista Félix Llancafil al alejamiento del actor y cantor Daniel Muñoz del conjunto cuequero que ambos iniciaron hace ocho años. El efecto profundo es que el grupo se reinventó en 2012. El efecto colateral es que el nombre ahora es mucho más corto. Daniel Muñoz, Félix Llancafil y 3X7 Veintiuna se llamaban antes. Ahora todo decantó en 3X7 Veintiuna.

La actual alineación de 3X7 Veintiuna consiste en el recién ingresado Mario Calderón (voz) junto a los anteriores Félix Llancafil (voz y acordeón), José Cabello (voz y guitarra), Rodrigo Palma (bajo) y otro integrante nuevo, Mario Celis (teclados), a quienes se suma de forma ocasional Juan Hernández (guitarra), experimentado cuequero de Valparaíso, integrante histórico del conjunto porteño Los Afuerinos y actual director del grupo Diapasón Porteño. Y el grupo reestrenó su actual nombre con su más reciente disco, Collereándole a la brava chilena (2012).

—Daniel (Muñoz) dio un paso al lado —explica Llancafil—. Dijo que se retiraba porque entorpecía las actuaciones de 3X7, que estaba parando o frenando al grupo. De pronto teníamos diez actuaciones y él podía ir a dos, o a una, y a veces a último momento no podía salir de sus grabaciones. Ni un problema, seguimos en la buena con él, tenemos buen contacto, pero había que hacer una nueva carta de presentación e hicimos este último disco.

Grabado entre abril y agosto, Collereándole a la brava chilena  se suma a los cuatro discos grabados por la formación previa entre 2005 y 2011. Esta vez los 3X7 registraron desde composiciones de Pepe Cabello hasta cinco cuecas del cantor y payador Guillemo Bigote Villalobos, como «En el puerto de tu pecho», «Canta el gallo en la mañana» y «En el Parque Forestal», a las que el grupo puso melodías de la tradición. Incluso hay espacio para un par de pinceladas de rock. Una es la versión del rock and roll «Marcianita» que el grupo ha difundido en 2013 como segundo single. La otra es la cueca homenaje «A Los Prisioneros» con que lanzaron el disco, compuesta por encargo para la película Miguel San Miguel (2012), de Matías Cruz, y en la que invitaron a tocar al propio baterista fundador de ese grupo, Miguel Tapia.

—Siempre habíamos trabajado con Bigote (Villalobos), nos había entregado versos, la métrica de la décima, cuecas —explica Llancafil—. Y varias otras son de Cabello: los homenajes a Santos Rubio y a Los Prisioneros.

—¿Miguel Tapia cantó y tocó batería en esa cueca?
—Las dos cosas: tocó batería en toda la cueca y cantó en el remate: Son producto chileno / Los Prisioneros. Le costó sí sacar la parte esa. Hacía un ritmo como yendo al rock, pero no está mal. Es que para tocar cueca hay que ser cuequero. A los rockeros les cuesta tocar cueca. Al Álvaro Henríquez (de Los Tres) le es fácil porque fue cuequero con el Tío Roberto: toca rock y toca cueca al tiro, porque la tiene impregnada. Pero otro rockero no.

Desde ese regreso, 3X7 Veintiuna han cumplido presentaciones en lugares como la minera Escondida, el Festival del Trigo en Osorno; en Chicureo, donde coincidieron con Daniel Alcaíno en el rol de Yerko Puchento; en talleres en las comunas de Renca y Lampa y en el festival Montemapu celebrado en Valdivia de Paine, Buin. «Fue un festival de tres días, tecno internacional, ecológico, y les dio con llevar a 3X7, se interesaron aunque es algo nada que ver: la gente va a otra cosa, a meditar, tres días a acampar. Eran tres escenarios gigantes, y el segundo era de música alternativa. Ahí estábamos nosotros, la cueca».

Llancafil reconoce que no ha sido fácil convencer a las autoridades municipales y empresarios de espectáculos que solían contratar al grupo cuando tocaban con Daniel Muñoz. Pero con el público es distinto, dice. «Salimos a tocar y nadie nos pregunta nada. Porque tenemos que ser los 3X7 Veintiuna: tenemos ganado un espacio aunque tengamos que reinventarnos y partir de cero».

Entre Eltume y Cheillaco: los primeros pasos

El de 2012 en adelante será un nuevo comienzo para Félix Llancafil, pero puesto en perspectiva es sólo el capítulo más reciente de un recorrido musical extenso, que lo ha llevado a tocar con gente tan variada como, en el siguiente orden, Jorge Yáñez, Gabriela Pizarro, Héctor Gitano Pavez, El Monteaguilino, Chacareros de Paine y Los Chileneros, entre otros. Un camino insospechado para el hijo de una familia de campesinos de Villarrica, donde Llancafil nació en 1961, penúltimo de los nueve hijos de don Juan de Dios Llancafil Rifo y doña Juana Lillo. Y ése es un lazo familiar que sigue vivo.

—Voy regulamente a Villarrica porque viven mis padres y todos mis hermanos allá, para compartir con ellos. Yo naci y me crié en un fundo, Loncovaca. Mi papá es inquilino de ese fundo. Era una hacienda, como quince mil hectáreas, de un señor que fue diputado, de la antigua política, del Partido Nacional, con el diputado Patricio Phillips. Yo era cabro chico cuando escuchaba sobre estos señores. Mi padre nació, creció, vivió y jubiló siendo trabajador de ese fundo.

La genealogía va más atrás, hasta la comunidad mapuche de Eltume, adyacente al fundo, donde nació el abuelo de Félix Llancafil, según reconstituye el acordeonista. «En Eltume nace mi abuelo y buscando trabajo él se integra a ese fundo. Y en el fundo nace mi papá. El mismo fundo fue expropiado durante la Unidad Popular, se hicieron dos asentamientos y se parceló. Mi papá se retiró en esa época y se fue a ViIllarrica», resume. Hasta hoy ambos padres viven en otra comunidad mapuche de la zona, Cheillaco, camino a Loncoche.

—¿Te criaste en Villarrica?
—No, pasé muy poco tiempo en Villarrica, porque en el fundo este señor latifundista tenía escuela, iglesia, todo: vivíamos ahí. Todos los hijos de los trabajadores del dueño del fundo estudiaban hasta sexto básico y después tenían que ir al campo laboral ahí mismo.

—Ése iba a ser tu futuro.
—Claro, ése es el futuro que ha tenido el noventa por ciento de mis amigos de mi niñez, de mis hermanos. Y en la iglesia que había dentro del fundo el cura que iba a hacer la misa el domingo decía que «el que se fuera de aquí se iba a ir al infierno y el que trabaje aquí se va a ir al cielo». Así que todos a trabajar para el dueño del fundo. Si esto de la esclavitud estaba acá en Chile. Se maquinaba todo para que la gente no se fuera. Y no se podía estudiar más que sexto año, para que no se informaran más que eso. Si había que leer un catálogo de alguna máquina o algún abono hacía falta deletrear, pero nada más. No podía informarse de leyes ni de ni una cosa porque a ellos no les convenía.

Llancafil tiene recuerdos vívidos de la forma de vida apatronada en ese fundo sureño.

—(Los inquilinos) ganaban tanta plata al mes, pero no iban a Villarrica a comprar cosas: había una bodega grande en el fundo, donde iba el administrador, había mayordomos, capataces, con el látigo a los trabajadores, y traían sacos de azúcar, de harina, de sal, e iban al despacho y se le llamaba «rayar», en el libro de fiar. «Hay que rayar un saco de azúcar», decía mi papá, y eso se anotaba. Para el Año Nuevo o el Dieciocho: «Hay que rayar un chivo». Y mi papá sacaba uno de los mil chivos que había en el fundo. Y a fin de mes te descontaban el chivo, los sacos y no sacabas nada (de pago): todo pa’ dentro. Entonces al otro mes encalillándose otra vez. Así era la vida del campo. En otros lados lo llamaban pulpería. No había plata para zapatos, era un sacrificio para mi mamá comprar zapatos.

La presencia de la radio en ese entorno campesino es una memoria importante para Llancafil.

—En el sur, en el campo, de chico mis hermanos y todos en mi casa, apasionados del folclor, escuchábamos un programa de radio los domingos, y ahí salían Cuncumén, Héctor Pavez, doña Gabriela (Héctor Pavez Casanova y Gabriela Pizarro, fundadores del conjunto de proyección folclórica Millaray). Escuchábamos radio porque no había tele. Recuerdo los programas de Minería, con artistas en vivo y en directo. Aparecían Los Hermanos Campos con acordeón y guitarra, unos que se llaman Los Hermanos Arriagada y que tocaban guitarra espectacular.

—¿La música venía por tus padres también?
—El acordeón me llamó la atención porque mi papá era acordeonista, pero a quien admiro como música es a mi mamá. Ella toca la guitarra traspuesta, la vi tocar con todas esas afinaciones campesinas, segunda alta, tercera alta. La hacían tocar siempre en las fiestas campesinas, porque se celebraba San Juan en la casa, y mi papá y mi mamá son Juan y Juana.

La primera vez que Félix Llancafil vio un acordeón en su vida fue a los ocho o nueve años, recuerda: el acordeón Hohner rojo que tenía su padre. Y a los diez u once empezó a tocarlo.

—Mi papá me sorprendió un día tocando el acordeón, porque él se guardaba eso, tocaba fuera, en las fiestas, no en la casa. Él adquirió esos acordeones con estos alemanes de que era empleado. Después supe que las familias antiguas de ahí, que eran de compañeros de trabajo de mi papá, tenían acordeones en sus casas, y él iba a esas casas a tocar. Eran acordeones a botones todos, pero él tenía un acordeón piano. Yo empecé solo, autodidacta. Ahí quedé marcado con el acordeón.

Cuando terminó sexto año básico, el escolar Félix Llancafil postuló a un hogar campesino de la Junta Nacional de Auxilio Escolar y Becas y siguió sus estudios en Villarrica, hacia octavo básico, en 1973. Luego se inscribió en una escuela agrícola en Traiguén financiada por directores suizos, y allí estudió hasta cuarto medio y obtuvo el título de técnico agrícola. Y tras egresar de la enseñanza media recuerda que volvió al fundo, a hacer una práctica de algunos meses. Tenía dieciocho años.

—Mi profesión me permitía ser administrador de un fundo: eso es lo que hacen los administradores agrícolas. Pero ya con toda esa información empecé a darme cuenta de la explotación que había. Yo era un poco el rebelde dentro de la familia Llancafil. Ya me sentía incómodo, como en una pesebrera, encerrado ahí.

Era cuestión de tiempo. Félix Llancafil recuerda haber llegado a Santiago gracias a una hermanastra que trabajaba en la capital y que lo acogió en su casa.

—Ahí agarré pingo y apero, como se dice, y me vine a Santiago. En el ’79.

En lo simple está la belleza: palabra de Gabriela Pizarro

De jardinero fueron los primeros trabajos que consiguió en la capital.

—Porque yo era técnico agrícola y sabía podar.

Pero pronto la música iba a entrar en juego. En la Secretaría Ministerial de Educación consiguió un nombramiento como profesor de música para hacer clases en escuelas de la comuna de Lampa, y ese trabajo le permitió pagar cinco años de estudios en la Universidad de Tarapacá, entre 1980 y 1985, año en que obtuvo el título de profesor.

En esos mismos años se enroló en el conjunto folclórico Raíces del Copihual, dirigido por Iván Chandía Medina; se vinculó a las actividades de la Asociación Nacional del Folklore de Chile (Anfolchi) y a las de la  peña Chile Ríe y Canta, acompañó a Jorge Yáñez y conoció a Gabriela Pizarro y a su hijo, Héctor Pavez Pizarro, más conocido como el Gitano Pavez, quien le propuso acompañarlo en sus presentaciones.

—Él estaba empezando a cantar, y yo en el sur había escuchado tanto las canciones de Héctor Pavez (padre), como el (vals) «Corazón de escarcha», que me las sabía de memoria, así que lo acompañé exacto. Después subió la señora Gabriela (Pizarro) a cantar cueca. Ahí me enganché con Héctor y la señora Gabriela.

Hacia mediados de los ’80 recuerda Félix Llancafil haber empezado a tocar con Gabriela Pizarro bajo el nombre de Millaray, junto a integrantes como sus hijos Anais y Héctor Pavez Pizarro y como el mismo Pepe Cabello que hoy toca y canta en 3X7 Veintiuna. De esa época menciona viajes a Puerto Montt y Chiloé con el conjunto entre 1983 y 1984, con visitas a ciudades y pueblos como Castro y San Juan.

—Había que andar kilómetros con acordeón al hombro. Era sacrificado, y a veces había que dormir en el suelo nomás porque nos pillaba la noche y nos daban alojamiento —dice. También evoca el carácter de Gabriela Pizarro en esos años de dictadura. «Un día estuvimos en una población en Puerto Montt, a beneficio de los pobladores, y me acuerdo de que todos cantaban “Lucía, Lucía, la olla esta vacía” o “Que se vaya Pinochet” con los ritmos chilotes que estábamos tocando. Pasamos por todo eso».

Queda confirmado además el espíritu de maestra que tenía la fundadora de Millaray, según corrobora Llancafil. «”Mijito”, me decía, “en lo simple está la belleza de las cosas”. Yo admiro a muchos acordeonistas, pero me he dado cuenta de que esto es más que tocar rápido. Es otra la cosa: la sensibilidad, la profundidad, el sentimiento con que transmites. Eso mi hizo ver doña Gabriela».

El acordeonista recuerda haber acompañado de manera esporádica a Gabriela Pizarro hasta su muerte, en 1999, y con más frecuencia a Gitano Pavez, con quien participó en discos como Chiloé del ’58 (editado en 2003) y Cuecas regionales (1991), este último grabado junto a figuras como Roberto y Lalo Parra y Pepe Fuentes. Luego, tras actuar por un lapso breve con el cantor campesino El Monteaguilino, se sumó a los Chacareros de Paine entre comienzos de los ’90 y 1997, año en que llegó con ellos en el Festival de Viña.

Pero ya era la hora de la cueca. Fue también hacia 1997 ó 1998 que, según rememora, llegó al domicilio de Hernán Núñez Oyarce, Nano Núñez, legendario cantor de Los Chileneros, con motivo de una celebración de cumpleaños del dueño de casa.

—Yo sabía quién era el Nano Núñez.  Había escuchado un casete de la cueca brava (el disco Un poeta de barrio, 1992), donde él decía Me llamo Hernán Raúl Núñez / por mi madre soy Oyarce / cuando digo mis cuartetas / al diablo hago persignarse. Y dice Porque hay diablos en todas partes / Todos son de carne y hueso / El otro lo han inventado / Pa’ hacer más tontos los lesos —refiere, de memoria—. Pepe Cabello me dijo «Éste es el viejo más importante en el aporte a la cueca urbana», y la señora Gabriela me dio una charla. Y ahí estaba el abuelito, aniñado. «Gusto en conocerlo, don Nano» (le dije). «No, yo no soy ná don Nano, yo no tengo plata: yo soy amigo Nano nomás». Enganchamos con él. A los pocos días me llamó para ir a acompañar a Los Chileneros.

Es el trío de integrantes originales formado por Hernán Núñez Oyarce, Luis Hernán Araneda y Raúl Lizama, es decir Nano Núñez, el Baucha y el Perico Chilenero, el que en septiembre de 2001 tocó en el Estadio Nacional junto a Los Jaivas y a Sol y Lluvia. Ahí estaba Llancafil acompañándolos en acordeón. «Esa fue para mí la actuación más importante que tuve con ellos, me impresionó el marco de público que había», dice. En los mismos días siguieron presentaciones con Los Chileneros en lugares tan distintos como La Yein Fonda organizada en 2001 en el Cerro Santa Lucía de la capital, un bar de moda en La Portada de Vitacura o fechas más improvisadas entre Nano Núñez y Llancafil.

—A veces salíamos con panderos y libros, íbamos donde el Max Berrú (integrante de Inti-Illimani que en la época era anfitrión del restaurante La Mitad del Mundo), y el Max lo presentaba, salíamos adelante, cantábamos, yo lo acompañaba en acordeón, y después el Nano anunciaba «y ahora estos panderos valen tanto y el libro tanto», y los vendía todos. Después pasaban dos días y salíamos a otro lado.

Llancafil tiene claro cuándo terminó esa etapa con Los Chileneros: fue en diciembre del mismo 2001, en la noche del lanzamiento de La Yein Fonda II (2001), disco donde están registradas las actuaciones de músicos como Álvaro Henríquez con los Pettinellis, Los Bunkers y los propios Chileneros.

—Los Bunkers estaban en sus inicios, andaban con esos pantalones pitillos y el Perico les cantaba (entona con melodía de cueca) Mi vida qué parecen los pitucos / Mi vida al vestir de esa manera, que es pa’ la risa (…), que es una cueca antigua, que ya está olvidada. (…) Pantalone’ aflautao / como bombilla. Dice justo como andaban vestidos los cabros —se ríe Llancafil. Pero ésa iba a ser una de las últimas melodías cuequeras entonadas por el Perico. Raúl Lizama, integrante fundador de Los Chileneros, murió al día siguiente y dejó trunca para siempre esa alineación de trío. «Ahí el grupo se paró», dice Félix Llancafil. «No hubo más Chileneros».

A esas alturas también era cuestión de tiempo para juntarse con Daniel Muñoz, por medio de encuentros informales con músicos como Los Tricolores, Sergio Sauvalle, Pepe Cabello y Eric Maluenda, ex integrante de Illapu. «Daniel andaba siguiendo la cueca, la música. Ahí empezamos a cantar cuecas, como dos años antes del primer disco nos enganchamos y empezamos a cantar», dice el acordeonista. Y es el mencionado Eric Maluenda quien incentivó a Muñoz y Llancafil a grabar juntos, un registro que fue la antesala del primer disco del nuevo grupo, Cuecas como las canta el roto (2005): el comienzo de la historia conocida.

—Cuando aprendiste acordeón al comienzo ¿ya eran cuecas las que tocabas?
—Rancheras mexicanas. Pero siempre aspiraba a la cueca. En el sur tocaba cuecas con uno de mis hermanos, que toca guitarra. Todos en mi casa son músicos: la mayoría toca la guitarra y mi mamá nos transmitía las cuecas que ella cantaba, nos daba las tonalidades.

—Entonces antes de llegar a Santiago ya conocías la cueca campesina.
—Sí, principalmente admiraba las cuecas del conjunto Cuncumén, de Millaray o de Héctor Pavez, del que escuchaba la cueca larga. Acá cuando me encontré con los Chacareros (de Paine) había una similitud, una atracción fuerte, algo que me llegaba al alma, aunque no se parecía tanto a esa cueca campesina.

—¿Qué diferencia había?
—La cueca de los Chacareros es más chicoteada, más rápida. La de Cuncumén es más melódica, más profunda, es el recuerdo que tengo. Pasé por todas esas instancias, pero cuando descubrí la cueca brava, la cueca urbana aquí en Santiago, me impresionó. Por los otros instrumentos, porque cuecas con batería o con piano no me calzaban, y puta que suenan bonito. «Hay que poner el boca e’ caballo», decía el Nano Núñez: el piano. Y por las temáticas: me di cuenta de las vivencias que transmitían. «No, esto es lo que me gusta a mí».

—¿Puedes decir que te gusta más la cueca urbana que la de campo que conociste desde chico?
—Son sentimientos distintos. Estoy más inserto en la cueca urbana, pero el sentimiento de niño y de toda mi vida tiene que ver con lo otro. Creo que se funden. Es mi estilo, mi toquío, que me doy cuenta que es distinto a los otros, quizás por la fusión de todas estas cosas.

 

Comparte este artículo

Comentarios