Horacio Hernández (La Gallera)

La cueca por el camino largo

Tocarla, mostrarla pero, sobre todo, aprender de ella e intentar transmitir que sus lecciones toman años de estudio. El afán del quinteto santiaguino La Gallera es musical pero, también, pedagógico.
Por Marisol García

Cada buen conjunto cuequero tiene su marca distintiva, y en el caso de La Gallera es probable que ésta radique en la intención de hacer de la música una herramienta educativa, o ubicarse en camino a ello. Para los cinco integrantes del grupo nacido hace siete años en Santiago, quizás el afán pedagógico sea todavía una intención no completamente fraguada, pero a cualquier seguidor le resulta evidente que se trata de músicos dispuestos a llevar su amor por la cueca mucho más allá del escenario. Hoy La Gallera es, por ejemplo un grupo asociado estrechamente al funcionamiento de la Casa Huemul —un nuevo espacio de música y talleres en torno a la música popular chilena, en el cual también participan otros músicos e investigadores—, y en sus entrevistas y presentaciones en vivo se agita un mensaje que transmite que la cueca es aprendizaje de muchas y largas etapas.

Horacio Hernández —voz, guitarra y principal compositor del grupo—, define a La Gallera como un compromiso con el folclore chileno de cinco personas (junto a él están Fernando Barrios, Cristián Mancilla, Juan Pablo Villanueva y Giancarlo Valdebenito) que entienden la música más allá de fama y de réditos económicos. «Es difícil, pero es nuestro motivo», asegura. «Si ya estamos en este camino, hemos acordado que lo haremos juntos. No tuvimos la suerte de tener grandes maestros, pero sí contamos hoy con la ventaja de tener dentro del grupo cinco visiones distintas que, creo, nos ayudan a tener un grado importante de lucidez».

—¿Sabemos los chilenos de cueca? ¿Cómo podríamos aprenderla mejor?
—Sería fundamental abarcarla mejor en los colegios: que además de las lecciones en la clase de gimnasia se vinculara esa enseñanza con algo que pueda contar el profesor de Música, y el de Historia, y el de Castellano (por la poesía). Se produciría algo totalmente diferente a lo que sucede hoy. Más allá de que le guste o no, el niño entonces tendría un concepto amplio de qué es la cueca y una visión más respetuosa ante su sabiduría, su arte. Cuánta gente —alguna, a cargo de oficinas de Cultura— te dice que no le interesa la cueca. Y para decir algo así, con tanto desprecio, tienes que conocerla. Pero es muy poca la gente que de verdad conoce la cueca.

—¿Es eso en parte lo que los hace participar del proyecto de Casa Huemul?
—Sí. Es algo que sentíamos estaba en el aire, y que había que tomar. Si tú vas al Galpón Víctor Jara vas a verlo lleno de cabros interesados en aprender, en cantar, en bailar. Desde ahí nos hemos dado la oportunidad de tener una plataforma seria desde donde brindar lo que sabemos. Y eso también nos obliga a ordenar nuestros conocimientos, porque es mucho lo que hemos aprendido en estos años. Es como imitar ese sueño de la Violeta [Parra] por tener una escuela popular de folclore en su carpa, donde la gente se instruyera. Aunque nosotros no queremos dárnosla de catedráticos de la cultura popular ni mucho menos, porque ésta es una instancia en la que es claro que nosotros también estamos aprendiendo.

—La cueca está hoy por varios lados. Sin embargo, también hay superficialidad en cómo se la da a conocer.
—Sí, de todas maneras. Esa superficialidad que tú dices nosotros también la vemos. Pero no es que andemos enojados, poco menos que denunciando a los que bailan mal. No es la idea. Pero sí sentimos que hay mucha cosa en torno a la cueca que es deficiente, poco seria, muy cercana al comercio. Si tú ya tomaste la opción de aprender de esto en serio, tienes que saber que será un camino largo. Yo me río, pero hace unos cinco años recuerdo que el Baucha me veía y me preguntaba:

—¿Cómo se llama el grupo que tiene usted?
—La Gallera, Baucha.
—Eso: La Gallera. ¡Puta que son maaaaaalos!

[Nos reímos] «Bueno, resulta que ahora, esta semana, nos lo topamos en La Vega y nos tiró hartas flores. Eso nos gusta. Sabemos que avanzamos».

—De hecho, tu voz suena distinta entre el primer y tercer disco.
—Me gusta que sea así: yo aspiro a un canto chilenero, aunque es muy difícil. Para cantar así, chileneramente y con toda la sabiduría que eso implica, nos falta. Y sé que al decirlo represento a mis compañeros. Siempre estoy tratando de aprender, observando… Nuestro canto es aniñado y afinado, lo cual se agradece, pero nos falta todavía. En eso estamos.

—En sus discos hay pocas cuecas sobre la conquista amorosa, y uno encuentra canciones sobre asuntos inesperados. Se nota una cierta inspiración en el afán de crónica que animaba a la poesía popular. ¿Cómo ha ido saliendo eso?
—Tenemos tres discos. El primero, Cueca chilena (2010), es de historias. Luego regrabamos ese disco (Invernal, 2011). Y en el de ahora, Cantando como jugando (2012), lo que hicimos fue darnos tareas. Por ejemplo, nos impusimos componerle una canción a un personaje que conocemos que tiene a su esposa en prisión. Y ahí salió “Tú adentro y yo afuera”. De lo romántico hemos arrancado [sonríe], y ha sido intencional porque hay un área de la cueca que ha abusado un poco del sistema melódico y poético de lo romántico-depresivo. Ahora, sabemos que la poesía popular también nos brinda un montón de versos de amor fino que tenemos que estudiar y masticar, y tratar de hacer algo similar a lo que han hecho los buenos poetas chilenos de antaño. Tú puedes querer meter en una cueca un tema contingente, de actualidad, pero también hay que saber cómo hacerlo: ¿cómo lo hacían los poetas populares? ¿Qué decían? En nuestro último disco ésa fue una veta que nos interesó trabajar, y tratamos de hacerlo lo más poéticamente posible porque si no la cosa se transforma en un panfleto, y ahí dejan de ser cuecas. «Lavín no», «Piñera no»: eso es un panfleto tirado en el piso.

—Además, algo así pasa rápidamente de moda.
—Claro. No es como “Arauco tiene una pena“: así tiene que ser una cueca con poesía, que perfectamente puede tomar alguien y cantarla en cien años más, pues sigue representando al pueblo en su infinita libertad. Si la canalizas en un color, pierde su cualidad de folclore.

—Otra cosa que parece particular de La Gallera es que en sus grabaciones hay arreglos, instrumentos y cadencias que no son los que uno esperaría en una cueca. Se nota una cierta influencia de la canción latinoamericana de raíz, por ejemplo. Hay algo más sofisticado.
—Siento que el disco que acabamos de grabar está completamente «desperfilado» hacia el folclore latinoamericano. De hecho, está muy influenciado por la música venezolana. Pero eso lo hicimos con la libertad que nos da la universalidad de la cueca. Y creo que estamos yendo a buscar Chile en ese lugar más americano, que también nos pertenece.

—¿Te imaginas a La Gallera en el futuro como un grupo asociado a la música popular más que a la cueca?
—Sí. O sea, somos un grupo de cueca, es nuestra raíz definitiva. Pero desde ahí podemos hacer lo que queramos. Esa mirada te ofrece muchas cosas para innovar, y queremos tener la libertad de hacerlo. Pero, también, queremos poder volver siempre que queramos a ese lugar en el que encontramos una entonación y una percusión que son de Chile. Te diría que nuestro interés no es desvincularnos de la cueca, sino musicalizarnos cada vez más en la cueca. Y enriquecerla.

JAULAS DE GALLOS
«La gallera fue una especie de culto y de un hacer religioso, pero llegando la paz se dedican a rendirle pleitesía a la deidad divina del gallo, como la creatura más noble de la creación», escribió Fernando González Marabolí en parte de sus valiosos textos sobre el origen de la cueca. Allí también el músico e investigador autodidacta precisó por qué el gallo puede asociarse incluso al baile cuequero: «Porque no puede doblar las rodillas, tiene la mirada del león, el cuello encerdado como las fieras y en las patas los cachos del toro. Como no es un animal carnicero ni un ave de rapiña, no mata por hambre sino jugándose la vida. Es el que simboliza la bravura».

Los integrantes de La Gallera conocieron ese texto cuando el grupo ya estaba bautizado. Pensaron en el nombre porque su lugar original de reunión había sido el Mercado de la Estación Central, donde siempre veían jaulas de pollos y gallos. Querían un nombre simple pero que jugara con el género, y que no llevara «Los», sino un artículo femenino. Con el tiempo, la bravura y potencialidad visual del referente-gallo ha sido un gran beneficio para marcar su identidad.

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