La cueca en la novela chilena

Por su viveza y rica simbología, la cueca ha acompañado la descripción de ambientes en importantes novelas chilenas.

Recopilación de Mario Rojas.

•Víctor Domingo Silva

Extracto de la novela El acordeón:

«El casamiento fue, con cortas diferencias, como todos los que se celebran en la Pampa entre la gente de pueblo. Por tratarse de la hija única de un antiguo obrero de la oficina y, además, de un compatriota, el administrador se dignó honrar el acto con su presencia durante breves momentos. Asistieron también los empleados de la pulpería. La tertulia se inició un poco solemne; durante varias horas no se permitieron más que bailes serios, pero el entusiasmo generalizado exigió del dueño de casa que autorizase la cueca, y esto quiere decir que hubo un cambio completo de programa.

Penas sufre el limosnero
que anda solo y sin amparo
y penas sufre el avaro
que le niega su dinero».

•José Santos González Vera

Extracto de la novela Vidas mínimas (1923):

«El condenado del zapatero saca a bailar a Juana. Los movimientos tienen la mímica de la persuasión y la fuga. La mujer aparece y el hombre se conmueve. De repente, ella, al sentirse codiciada, humilla sus ojos y su paso adquiere ritmo de fuga. El hombre vacila, pero, inspirado por el deseo, la acompaña con su atención y baila en torno a ella, cerrándole todo camino. La mujer acelera el paso y su rostro expresa desdén. Un enardecimiento creciente se apodera del bailarín y hace filigranas con la punta de los pies. Quiere impresionarla por la vía de la gracia. Sus gestos cada vez más desordenados tienen algo de súplica, y su mirada, fija en ella, es insistente, fascinadora. Cómo le brillan las pupilas. Y a cada vuelta casi la roza o arquea sus brazos y, tomando su pañuelo, con ambas manos la conduce dentro de un círculo. La mujer ya no huye tan de prisa. Sus rodeos son más lentos. Se siente asediada, ha resistido, pero ya su voluntad se disgrega. La insistencia masculina va entrando como orden en su corazón. Su faz se ablanda y ruboriza. El varón, al verificar el nuevo y vencido gesto de la mujer, se siente colmado por una alegría salvaje, se yergue, sus brazos se alzan y remolinean y su danza se hace tumultuosa. La rodea, la impregna con su aliento, la reverencia y se contiene. Podría tomarla, podría acariciarla, podría llevársela. La mujer ya no teme. El mismo deseo del hombre está en su pecho y aguarda… hasta que súbitamente, en la última vuelta, impulsados por un sentimiento igual, se precipita uno sobre el otro con los brazos temblorosos y abiertos».

•Nicomedes Guzmán

Extracto de la novela La sangre y la esperanza (1943):

«Por las aceras, la humanidad del suburbio desparramaba su fatalismo sin manos de luz para contener una esperanza: mujeres panzudas, rodeadas de chiquillos descalzos, piojosos, con mantas de saco; borrachines que dormían con la cabeza puesta sobre sus propios vómitos, con el vientre a la vista; jugadores de chapitas tintineando monedas entre las manos sucias; grupos haciendo rueda a una pareja que cuequeaba, al son desafinado de una guitarra rota y del voceo hueco de una cantora ebria:

Para qué me dijiste
que me querías
que sólo con la muerte
me olvidarías».

•Manuel Rojas

Extracto de la novela La oscura vida radiante (1971):

«Y llegó un momento en que se levantó, pidió a una muchacha que lo acompañara y se puso en facha, pañuelo en mano, una vuelta redonda y qué hubo, girando en lo alto el pañuelo no muy blanco, se encaró a la muchacha, ¿y ahora?, ahora ahora, ahora se hace que llora, date la vuelta, diablo, iban y venían, mirándose de lejos y a la pasada, invitándose, ¿ah?, sigue la danza, sigue el vaivén, baila la cueca, báilala bien, y ya no paró, pareciéndole que iba acercándose a algo, no a la embriaguez, a la borrachera, aunque también a eso, sino a un punto en que algo se uniría a algo, el ser a la conciencia o al conocimiento de sí mismo, no como se era, malvestido, sucio, desamparado, sino como se podía ser, como se debería ser, alegre, seguro, fuerte, victorioso, surgiendo a la luz de otro sol, no del que aparece todos los días y muestra a todos cual son, sino a otro que alguna vez podía alumbrar o alumbraba en ese momento, no para todos, sólo para aquellos que de algún modo o por algún motivo podían surgir en la cumbre, girando, animados por la voz y el canto y el tamboreo en la guitarra, llevados a la seguridad y a la alegría; era lo que advirtió antes en otros, lo mismo que quizá llevaba a todos los hombres a embriagarse, saliendo así de la eterna miseria y de la sempiterna mugre hacia ese alto sol, un sol que sólo alumbraba breves instantes y nada más que para algunos; el comisario, por ejemplo, jamás habría visto o vería ese sol, tampoco sentiría aquella fuerza, aquella alegría y aquella victoria; bebía, comía, hablaba, reía. Alababa a unos y a otras, pero ahí se quedaba, sin conocer la unión de lo que se es con lo que se podría o debería ser; sería siempre tal como era, alto, rubio, pecoso, ex comisario, y no como debería ser o como podría llegar a ser; cada uno de los que se hallaban ahí, los que vinieron y se fueron y los que se fueron y volvieron, estaban reducidos a sí mismos y sólo se unían a los demás, si podían llegar, a ese punto, a esa altura donde el amor y la amistad aparecen limpios, fieles y profundos, no para todos, pues a algunos se les empaña la capacidad o posibilidad de llegar, quiéreme porque te quiero, plumita de zorzal, comiéndose las consonantes, fundiendo una vocal con otra y transformando las zetas en eses. ¡Se lo advertí, Aniceto; ahora, por favor, váyase de mi casa!; se apagó el sol y volvió a ser lo que era».

Extracto de la novela Hijo de ladrón (1951):

«…mientras miraba, una canción empezó a brotar de algún rincón del calabozo. Una canción cantada en voz baja, con entonaciones profundas y graves, con una voz alta, una voz que dominaba a las demás al empezar el verso de una estrofa, y que era, en seguida, dominada por las otras, que la envolvían, se mezclaban a ella y la absorbían hasta que, de nuevo, brotaba, como viniendo de muy lejos. En el principio de la siguiente. Se escuchaban como las notas de un piano y sonaban como de noche y en una calle solitaria y dentro de una casa cerrada. Las palabras y las ideas eran sencillas, casi vulgares, pero el tono y el sentimiento con que eran cantadas les prestaban un significado casi sobrecogedor. Gire la cabeza: en un rincón distante, tendidos los cuerpos como alrededor de un círculo, las cabezas inclinadas y juntas, el grupo de muchachos cantaba. Mire sus rostros: habían sufrido una transformación; estaban como dominados por algo surgido repentinamente en ellos algo inesperado en esos rostros que no reflejaban sino sensaciones musculares. ¿Era tristeza? ¿Era el recuerdo de sus días o sus noches de libertad? ¿Quizá aquello traía a sus almas algo que no les pertenecía y que solo por un momento les era concedido, apaciguando por ese momento sus reflejos, primordiales? No habría sabido decirlo si lo sé aún, pero aquello me confundió, como se confunde quien advierte en un feo rostro un rasgo de oculta belleza o en los movimientos de un hombre derrotado un detalle que revela alguna secreta distinción.

El calabozo había enmudecido y la canción se extendía con gran nitidez, no perdiéndose ninguna de sus notas».

•Eduardo Barrios

Extracto de la novela Gran señor y rajadiablos (1948):

«Se ha de bailar, pues, interpretando lo que realiza el jinete nuestro cuando asedia y coge a la potranca elegida dentro de la medialuna. Representa la gloria de sus pasiones: china y caballo. Virilidad de domador y de galán hay en su continente y en sus intenciones. Los primeros pasos remedan el cambio de terreno: él ha “echado el ojo” a su presa y ella se le pone alerta y lo enfrenta desde suelo inverso. El brazo viril bornea el pañuelo como si borneara el lazo. Van y vienen, ella y él; primero en círculos opuestos; se diría que desde las dos mitades de aquel redondo corral, salón de sus mejores fiestas, cerca el uno, la otra repite la curva en fuga o defensa. Él ataca siempre y ella, encarándose, esquiva. Los movimientos del cuerpo masculino traducen los del jinete: la mano bornea lenta y a compás, los pies avanzan o retroceden, cambian el paso, se agitan como los remos del caballo, las espuelas cantan; pero entre brazo y pierna el tronco se mantiene inmóvil y elegante con el equilibrio del equitador sobre su montura en la escuela criolla. Poco a poco, el amor ecuestre y el amor humano se confunden, transfiguran a los bailarines. El acecho se vuelve madrigal; la lucha, coloquio; el pañuelo quiere atar los pies de la elegida. Ya se comprenden, ya se aman. Si ella todavía rehuye, lo hace para seducir mejor. Si él acomete, brinda con la boca el beso. Al fin zapatean porque la conquista se ha consumado. Dominio, entrega, delirio. Una mujer, una ideal potranca, dos seres unidos, identificados en la pasión campesina».

•Joaquín Edwards Bello

Extracto de la novela El roto (1920):

«Cuando el salón rebosa de gente, aparece Clorinda envuelta en un chal, luciendo con orgullo su exuberancia de embra fecunda y amante. Algunas veces la acompaña Violeta. Pasa con majestad en medio del ambiente turbio del tabaco y el alcohol. Los piropos la asedian. Cuando la comparan con su hija, se siente feliz. Violeta se le parecerá. Tiene como ella la piel de terciopelo, los dientes albos y el mismísimo lunar picaresco en la nuca… ¡Ese lunar que es como un talismán misterioso!
Subiéndose las mangas, cual lo hace ante la batea, descubriendo sus brazos rollizos, castiga al viejo piano, entonando al mismo tiempo con voz lánguida la cueca de moda, que trae transtornado al barrio:

El canario es muy bonito
¡Ay, señorá!
Tiene las plumas doradas,
¡señorá!

Las parejas empiezan a bailar esgrimiendo el pañuelito.

Cuando muere el último acorde del piano, avanza la criada con los vasos.

A las dos de la mañana la borrachera es general; esa borrachera violenta y escandalosa que producen las bebidas gruesas.
El prostíbulo parece poseído por un demonio gritón y pendenciero; un álito de locura pasa zumbando por esas cabezas caldeadas que amenazan estallar o desplomarse. Algunas mujeres lloran sin razón; otras se revuelcan con atroces convulsiones, gritando cosas sin sentido. Al patio salen sombras vacilantes que se inclinan con ademanes primitivos para satisfacer una imperiosa necesidad natural; el aire de la noche parece caer sobre ellas como un rayo; el fresco áspero y penetrante las aniquila; tienen que hacer un violento esfuerzo para volver al salón, donde el calor, la música, la confusión, vuelven a arrastrarlas en su engranaje.

Las disputas y grescas no se dan tregua; por un sí o un no, esos hombres que el alcohol hace de una susceptibilidad extraordinaria, se van a las manos; las niñas corren a llamar a doña Rosa, pues saben lo que degeneran esas discusiones entre hombres que llevan cuchillo, que desprecian su vida y no son dueños de sí mismos…».

Prólogo del autor a la segunda edición de El roto:

«Se trata de la vida del prostíbulo chileno, que tuvo un sentido social profundo, por la constancia con que influyó en el pueblo y por el carácter aferradamente nacional de sus componentes. En pocas partes de Iberoamérica tuvo el pueblo una manifestación tan personal. La vida alegre chilena extravasó triunfalmente a Bolivia, Perú y otros países del continente. Pueril sería hacer ascos a este fenómeno de vitalidad.

Ahora que se cerraron esos salones donde las asiladas sonreían ceremoniosamente; ahora que se apagaron esas cuecas tamboreadas, este libro adquiere un valor especial de documento. Es una reconstrucción apasionada de vida popular que se extingue…

Los cuadros crudos de El roto , vienen a ser como esas fotografías de fieras que los turistas toman de noche en plena selva. El autor sorprendió las actividades íntimas del pueblo chileno en su fatal obscuridad, con luz de magnesio………… La primera parte de esta novela se publicó en París, en 1918, en la librería Rosier con el título de La cuna de Esmeraldo. La edición completa se publicó en Santiago, en 1920, en la Librería Bindis.

A la siga de esta pluma han aparecido débiles antítesis, no por débiles y mediocres menos tartufas y calculadoras, pero el público -supremo juez-, las ha rechazado volviendo siempre a este cosmorama intuitivo del pueblo chileno».

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2 Comments

  1. pati Marzo 11, 2013 at 5:34 pm

    Muy buen artículo!
    Una pregunta: cómo se llama la cueca que aparece en el libro El Roto de Joaquín Edwards Bellos?

    • cuecachilena Marzo 11, 2013 at 10:56 pm

      Pati, me parece que esa cueca se llama “El canario”. El autor dice en una parte que es la canción que trae transtornado al barrio en ese momento. Es decir es la canción de moda

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