Juan Hernández, de Diapasón Porteño

Memorias de la guitarra popular chilena

Juan Hernandez_Entrevista

Cuerdas pa’ rato se llama el más reciente disco de este grupo de Valparaíso, cuya inspiración, a tono con ese título, está en las décadas completas de historia que protagoniza una dinastía de guitarristas populares chilenos, desde los años ’40 en adelante. Historia para rato. Con Juan Hernández Arriagada, director de Diapasón Porteño, revisamos parte de ese legado junto a los planes futuros del grupo, entre ellos una exclusiva: el primer disco de tangos de Ángel Parra viene en camino.
Por David Ponce

Diapasón es el nombre que recibe la cubierta del mástil de la guitarra, esa especie de puente de madera donde los dedos juegan sobre las cuerdas. Porteño es el domicilio de este cuarteto de guitarras, iniciado en Valparaíso 2000 y heredero de una larga tradición de música popular para ese instrumento. Y la cueca está presente como un elemento más del mosaico al que da forma Diapasón Porteño.

Su director, Juan Hernández Arriagada, ha integrado dos conjuntos principales de la cueca porteña: Los Afuerinos, entre 1985 y 1993, y Los Paleteados del Puerto, entre 1997 y 1999. Desde 2012 es además músico invitado en los cuequeros santiaguinos 3X7 Veintiuna, y el de la cueca es un compás que se escucha por en los dos discos que Diapasón Porteño ha publicado hasta la fecha.

El más reciente, Cuerdas pa’ rato (2011), es obra de la alineación actual del cuarteto, formada por los guitarristas Juan Hernández Arriagada, Abelardo Báez Rosales, Jaime Jélvez Oyarzún y Víctor Hernández Brito. El grupo fue iniciado por Hernández Arriagada y Báez junto a Miguel Bernal y Luis Ponce, formación que grabó el primer disco, Cuarteto de guitarras (2000), y por la alineación también han pasado los músicos Pedro Labarrera, ya fallecido, Waldemar Parra y Eladio Alfaro.

 —En el primer disco ya hicimos un arreglo para una cueca muy popular, «La carta», de Efraín Navarro —explica el director—. Como somos cuarteto de guitarras, lo hicimos al estilo del canto chilenero: van punteando dos guitarras y otras dos hacen acompañamiento con armonías y arpegios. Y cada vez que hay una vuelta nos cambiamos la mano: los que puntean empiezan a acompañar y los otros a puntear. Es una forma de respetar el formato del canto de la cueca brava.

—¿Qué lugar ocupa la cueca en el repertorio del grupo?
—Tenemos una visión de esta expresión chilena que en el último tiempo se ha visto masificada sobre todo por jóvenes, quienes han entendido que hubo una época en la que esto surgió con cultores tremendos y prolíficos en la composición. Tenemos mucho respeto por ese trabajo. Para mí la cueca es un tema con el que he estado involucrado siempre.

 Sin crédito en el long play: músicos de sesión

 «La tarea de ser un eslabón entre los antiguos cultores de la guitarra popular chilena y latinoamericana y las nuevas generaciones» es la misión que se ha asignado Diapasón Porteño según su declaración de intenciones, en referencia a una serie de guitarristas chilenos cuyo período de esplendor Hernández sitúa entre las décadas de los ’40 y los ’70.

—Los conocemos por las grabaciones, que son los testimonios de la música que hicieron, porque nos hemos dedicado a estudiar el tema. Estos grandes músicos son la base fundamental del sonido de décadas de música popular, como guitarristas de sesión, aunque muchos de ellos ni siquiera fueron mencionados en las grabaciones de los discos de la época. Y acompañaron a distintos intérpretes, partiendo por la música criolla, vale decir Ester Soré o los Quincheros, hasta Lucho Gatica.

Juan Hernández menciona a guitarristas como el principal Humberto Campos, quien formaba a su vez agrupaciones frecuentes con Ricardo Acevedo, Tito Barrientos, Alfonso Chacón, Blas Sánchez, Valentín Morales, Ángel Silva y Artemidoro Rosso, más conocido como Lolo Rosso. Y cita a otros más, como Fernando Rossi, Eugenio Moglia, Leonel Meza, Roberto Sagredo y Sergio Solar. Algunos de ellos, como Acevedo, Moglia, Sagredo y Solar, mantienen viva la memoria de ese esplendor chileno de guitarras del siglo veinte. Y Hernández cita un caso entre muchos para apreciar ese catálogo.

—Un ejemplo es el disco Canciones de huasos y gauchos (LP que Lucho Gatica grabó a fines de los años ’50). En ese long play los guitarristas son Humberto Campos, Alfonso Chacón, Blas Sánchez, Angelito Silva, Lolo Rosso y Valentín Morales —refiere Hernández de memoria—. Ese sexteto de guitarras acompaña a Lucho Gatica. Y en la contraportada hay una de las pocas fotos de los guitarristas en una sesión de grabación, y se alcanzan a ver como cinco de estos que te nombré.

En 2012, Hernández y el concertista en guitarra Mauricio Valdebenito hicieron un trabajo de investigación sobre esta dinastía de músicos chilenos. «Curiosamente, siendo tremendos guitarristas, nunca dejaron un trabajo de guitarras plasmado: siempre estuvieron al servicio de otros intérpretes», dice el director de Diapasón Porteño, que registró entrevistas con varios de ellos. «Lamentablemente varios de estos guitarristas han fallecido. Por eso en la presentación del grupo hacemos mención de que nuestro trabajo es un homenaje a todos estos viejos».

Los boleros de Gatica y el punteo de la Joya del Pacífico

El director de Diapasón Porteño tiene palabras para cada uno de esos hombres. «Humberto Campos fue el ícono de la guitarra popular chilena», dice, para empezar. «Siempre trabajaba con diferentes músicos y la mayoría de los grandes guitarristas tocaron y grabaron con él».

Entre ellos está Alfonso Chacón, quien hizo su carrera en Chile, Venezuela y EE.UU., donde murió. «Comenzó con el Trío Letelier en la década del ’50. Fue segunda guitarra de Humberto Campos y guitarrista del Trío Lima, el grupo que primero grabó “La joya del pacífico” en versión de vals peruano». También cita a Ángel Silva: «Importantísimo: Angelito Silva es el autor de la introducción de “La joya del Pacífico”, de Lucho Barrios, un punteo que ya forma parte del tema». Y a Lolo Rosso: «Grabó muchas veces con Humberto Campos y también formó una agrupación aparte. Era el guitarrista de sesión que tenía la RCA Victor, y Humberto (Campos) tenía sobre todo las grabaciones de la Odeon».

Una pérdida reciente es la de Fernando Rossi, fallecido este año: «Uno de los grandes guitarristas que hemos tenido, modernísimo. Fue arreglador de los primeros boleros que grabó Lucho Gatica en la década de los ’50, y creador y director de Los Cuatro Duendes». Tito Barrientos por su parte empezó en el trío puntarenense Los Hermanos Barrientos, se radicó con el grupo en Argentina y es autor de la música del vals «Corazón de escarcha», con versos de Chilote Campos. «Escuchar la versión de Tito Barrientos es una maravilla», dice Hernández, autor de este registro reciente. «Él se destacó en este grupo de músicos de sesión. Fue uno de los pocos guitarristas que en esos años escribía y leía partituras. La mayoría eran músicos intuitivos, populares, muchos de ellos autodidactas, que no tenían una academia como respaldo».

Entre los que siguen activos figuran Roberto Sagredo, quien vive en Melipilla («Director y creador de Las Guitarras Viajeras, que acompañó los primeros éxitos de Ramón Aguilera»); Eugenio Moglia, reconocido integrante de Silvia Infantas y los Cóndores en los ’60 y de Los Moros con Jorge Yáñez en los ’70 («También fue guitarrista de sesión y acompañó a un montón de gente, por ejemplo en un disco con el cantante Nino Lardy»), y Ricardo Acevedo, hoy radicado en Viña del Mar tras una estada de más de treinta años en EE.UU. y quien, como pocos en estas ligas, sí grabó discos como solista en los años ’60. «Muy en el estilo de guitarristas argentinos como Eduardo Falú, Atahualpa Yupanqui. Él con Humberto Campos y Tito Barrientos son los guitarristas que están en las grabaciones de Los Cuatro Huasos en el año ’55 cuando se volvieron a juntar, después de varios años que estuvieron ausentes del ambiente».

Tangos, valses y pasillos: cartografía de guitarristas chilenos

Dos de estos guitarristas ocupan un lugar especial en la historia de Hernández. Uno es Leonel Meza , fundador del trío melódico Los Diamantes del Sol. El director de Diapasón Porteño lo reconoce como un maestro desde la época en que era un adolescente y cuando, como parte del grupo de tangos Ángelo Cherry y su Sangre Tanguera, coincidió a comienzos de los años ’70 con Los Diamantes del Sol en el restaurant santiaguino Cantagallo, cuya anfitriona era la cantante Margarita Alarcón.

—No fui un alumno formal de Leonel Meza, pero éramos parte del elenco artístico que había en ese lugar. Yo era muy cabrito, tenía dieciséis años y me tocaba constantemente estar en los camarines con ellos: con Leonel Meza, con (el acordeonista) Hernán Bahamondes, que acompañaba a Margarita Alarcón… Y como era intuitivo y autodidacta le pregunté un montón de secretos guitarrísticos a Leonel Meza. Por eso siento que gran parte de lo que aprendí en la guitarra en un principio se lo debo a él.

—¿Los Diamantes del Sol eran un trío de boleros, pero Leonel Meza también tocaba música folclórica chilena?
—Sí, era un trío melódico, pero él también fue un guitarrista de sesión, por ejemplo acompaña en muchos discos a la Palmenia Pizarro en sus inicios. También estuvo en Perú y Ecuador, donde grabó con (el cantante ecuatoriano) Julio Jaramillo.

—¿Qué destacarías en su estilo como guitarrista?
—Lo que más destaco en general en estos guitarristas populares es la versatilidad. Su gran particularidad era que se involucraban en cualquier estilo musical y terminaban ejecutándolo con propiedad. Hacen gala de toda su experticia en la música chilena, pero también los escuchas en tangos, música ecuatoriana, pasillos, valses peruanos. Alfonso Chacón era reconocido como un gran punteador de valses peruanos. Eran guitarristas muy versátiles, y eso era digno de destacar y muy admirado también por la gente de afuera. Cuando salimos al extranjero con el Diapasón Porteño y hablamos de estos guitarristas, muchos músicos lo ubican. Es una de las características del chileno, si lo llevas a otros ámbitos, como a los instrumentos de la música andina.

Y el otro músico con el que Hernández tiene un cruce personal es Sergio Solar, integrante fundador de Los Wawancó, el connotado grupo de música tropical formado en Argentina a mediados de los años ’50.

—Yo creo que Los Wawancó es el primer conjunto realmente latinoamericano: se da la casualidad de que son estudiantes de medicina que se juntaron en la universidad en Buenos Aires. Mira los integrantes originales: Sergio Solar, chileno; un peruano (Carlos Cabrera); el cantante, que era colombiano (Hernán Rojas), había un costarricense (Mario Castellón) y un argentino (Miguel Loubet). La mezcolanza de nacionalidades. Y el arreglador y director era Sergio Solar. Se fue en 1955 a Buenos Aires a estudiar medicina, trabajó más de veinte años en Argentina, estuvo treinta años en España y después se vino a radicar a Chile.

Paleteados y Afuerinos: escuelas de la cueca en el puerto

En Cuerdas pa’ rato hay tres canciones de Solar y otros tres arreglos de su autoría. «Para nosotros ha sido una fortuna trabajar con este músico que se transformó en el eslabón que necesitábamos con todos estos guitarristas que te mencionaba, porque él conoció y tocó con todos ellos: con Humberto (Campos), con Tito (Barrientos)», reconoce Juan Hernández.

—¿Cómo se expresa toda la influencia de estos guitarristas en Cuerdas pa’ rato?
—El disco es algo que teníamos en mente desde que partimos. Nuestro primer  disco es sólo guitarras, pero todos los integrantes veníamos de una trayectoria anterior no sólo con la música criolla, sino también de la Nueva Canción Chilena, con instrumentos latinoamericanos como tiple, requinto, guitarrón, charango, cavaquinho, cuatro venezolano, cuatro puertorriqueño, tres cubano. Todos instrumentos de cuerda que son primos hermanos de la guitarra.

—¿Lo mismo vale para los ritmos? En el disco hay tonada, vals, choriño, cueca, gato, porro…
—Claro, la idea era hacer un disco de música latinoamericana, incluyendo temas y rítmicas de diferentes lugares. Después del primer disco surgió la idea de trabajar un repertorio donde incluir cuerdas latinoamericanas más allá de la guitarra, y jugar con todos estos timbres. En el disco hay tiple, charango, guitarrón cuyano, cavaquinho, requinto y guitarras.

—Y a propósito de algunos de tus grupos previos, ¿cómo fue integrar Los Afuerinos y Los Paleteados del Puerto? ¿Son distintas escuelas?
—Los Afuerinos es un grupo que se armó con trabajadores y estudiantes de la Universidad Santa María en Valparaíso, y el creador del grupo, Héctor Morales, siempre estuvo mirando y escuchando el trabajo que habían desarrollado Los Chileneros. En esos años, en la década de los ’80, el grupo fue el eslabón, el puente entre esos viejos cultores y las nuevas generaciones que hoy día están tan empoderadas de la cueca brava y la cueca chilenera. Y sin ser gente del ambiente, porque sabemos que los auténticos cultores de la cueca eran veguinos, trabajadores del Matadero, gente del pueblo, Los Afuerinos rescataron el formato y el estilo, y aportaron composiciones propias.

—¿Y Los Paleteados del Puerto?
—Son un poco diferentes. Originalmente (en 1991) los formó Alberto Rey, las primeras grabaciones son de Alberto Rey y Los Paleteados del Puerto, y después de algunos cambios de integrantes quedaron dos de esos integrantes iniciales, el Tío Elías (Elías Zamora, cantor y baterista) y el Papi (Osvaldo Gajardo, cantor y guitarrista), los dos mayores, que sí son cultores equivalentes a los viejos cuequeros. Ellos trabajaron y cantaron acá en las quintas de recreo de Valparaíso, fueron parte de ese ambiente de los años ’50 y ’60 donde proliferó y se hizo muy sólida la cueca. Cuando fui invitado a compartir con ellos tuve un contacto directo con cultores de la cueca porteña. El aporte mío en ese caso fue en la armonía, las voces: con ellos no había que investigar ni enseñar nada. Era cantar con gente que siempre ha cantado cueca.

—¿Y cómo es la experiencia ahora sumado a los 3X7 Veintiuna?
—He tocado en vivo varias veces con ellos. He tenido la suerte de estar vinculado con grupos cuequeros bastante emblemáticos de estas últimas décadas, sin ser yo un cuequero de cepa como muchos. He estado con mi guitarra y ha sido una fortuna bastante grande.

Una serie de colaboraciones es parte además de la discografía de Diapasón Porteño, con su participación en trabajos como Intimo (2004), de Max Berrú; Tonadas chilenas (2007), de Cecilia Echenique, Mario Rojas y Diapasón Porteño; la canción «De Pascua Lama», de Patricio Manns, que ganó la competencia folclórica del Festival de Viña en 2011 interpretada por Valentina Sepúlveda y Diapasón Porteño; y la versión de la misma canción por Gloria Simonetti en su disco Desnuda (2011). Y lo más inmediato en la agenda próxima de Diapasón Porteño es parte de esa misma agenda compartida: un disco conjunto con Ángel Parra, junto a quien ya se encontraron en el verano pasado.

—Vamos a grabar por ahí por septiembre, un disco de Ángel Parra con Diapasón Porteño cantando tangos. Ya estamos trabajando, elegimos el repertorio con Ángel, se vieron los tonos, hicimos unos ensayos y creo que en un mes más nos metemos al estudio para que cuando venga en septiembre y le ponga la voz. Una novedad, realmente, Ángel cantando tangos.

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