Francisco Bermejo, fotógrafo

«La cueca tiene su máxima expresión en la fiesta»


FcoBermejo_entrevista

Lleva seis años retratando literalmente el mundo de la cueca, como fotógrafo que es. Pero en 2012 Francisco Bermejo entregó un registro sonoro esta vez: el disco Constitución 211 – Así fueron las cuecas, donde invitó a una multitud de cantores y músicos a grabar una tarde irrepetible. Así fueron las cuecas, recuerda ahora Bermejo.
Por David Ponce

Ante todo es una dirección: Constitución 211, la casa del santiaguino barrio Bellavista donde el fotógrafo Francisco Bermejo tuvo por años su taller. Pero luego es un registro: “Así fueron las cuecas” es el testimonio que Bermejo dejó prensado en el disco de cuecas que grabó, editó y lanzó en unas pocas semanas entre agosto y septiembre del año pasado. Y ahora es una referencia instantánea: Constitución 211 – Así fueron las cuecas es el nombre completo del trabajo con que este fotógrafo con vocación a toda prueba por la cueca se transformó además en anfitrión y productor de un disco multitudinario.

Basta revisar la lista de los cantores y músicos que se hicieron presentes en esa jornada, tal como se escuchan ahora en las pistas. Hasta Constitución 2011 llegaron, a distintas horas de ese martes 18 de agosto, eminencias como Luis Hernán Araneda, el Baucha, integrante histórico de Los Chileneros; Manolo Santis, de la Estación Central; los porteños Elías Zamora y Flaco Morales, de La Isla de la Fantasía, y la dupla entre María Esther Zamora y Pepe Fuentes; así como el payador y guitarronero Manuel Sánchez, el acordeonista Ignacio Hernández, el investigador y cantor Felipe Ortiz, Marcelo Cicali, del Liguria; el diseñador Carlos Cadenas y el pintor Fernando Allende.

Y con ellos suena en el disco una miríada de más músicos y cantores como Carlos Godoy, de Los Chinganeros; Carlos Martínez, de Los Tricolores; Rodrigo Miranda y Pavel Aguayo, de Los Trukeros; Diego Valtierra, de Los Canallas de la Cueca; Andrea Céspedes, de Las Niñas; Cristián Mancilla, Horacio Hernández, Fernando Barros y Juan Pablo Muñeco Villanueva, de La Gallera!!!; Leslie Becerra y Tania Gómez, de Las Primas; Ignacio Andrade, Diego Cabello e Ignacio Puga; de De Caramba; Inti González, de Juana Fe; Rodrigo Pinto, de Los Corrigüela; Nilda Ibarra, la Painina, integrante original de Las Niñas, y Flaco Molina, de Los Guanchincheros de San Fernando y su acordeón de botones, entre varios más. Todo organizado con semanas de antelación, y mediante llamada personal de Bermejo a cada invitado.

–Casi todos llegaron, por lo menos un rato. El Nacho Hernández tenía un concierto, entonces vino cuarenta minutos, tocó cuatro cuecas y se fue. Fueron todos muy generosos como siempre –reconoce ahora el dueño de casa, que aquí hace una retrospectiva del disco y de aquel día. Así fueron las cuecas esa tarde en Constitución 211.

Revisa un clip promocional del álbum:

El escándalo es la escuela

El piano de la casa había sido afinado ese mismo día en la mañana. Era un sábado, la jornada partió a la una de la tarde, con un asado, y el Baucha, primero en llegar, se hizo presente junto al pianista Aladín Reyes a la una y media.

—Puntualidad de caballero.
—Caballero como siempre, pinteado. Se sirvió su tecito, «un tecito, mijo, por favor», Aladín fue a probar el piano y ahí se tiró cuatro tonadas y tres tangos.

—Cuando estaba solo todavía.
—Solo, solo, todo un lujo y grabado a dos cámaras. Muy bonito fue eso. Los tangos los tengo que guardar. Como a la tres llegaron los del puerto, María Esther (Zamora) y Pepe Fuentes como a las tres y media, y después de las seis de la tarde no paraban, entre medio llegaron los jóvenes, Los Trukeros, Los Canallas de la Cueca, estaba La Isla de la Fantasía, también Los Afuerinos.

—¿Cómo sientes que fue la evolución del día completo?
—Se nota. Musicalmente se nota porque al principio es más ordenado y después (Rodrigo) Miranda (de Los Trukeros), que es lo último que grabamos, ya tiene la voz gastada. Por un tema de amistad y cercanía con la casa, Miranda dirigió un rato en la tarde, «Vamos, chiquillos; por aquí, háganse un brindis»; después asumió un poco eso en los versos Manuel (Sánchez) y ya después la María Esther (Zamora) sacó; «¿Acá falta un bajista? Ya, chiquillas, pónganse por ahí». Maestra de ceremonia.

—¿Son distintos oficios también para dirigir la fiesta?
—Sí, pero después se soltaron todos. Mancilla (de La Gallera!!!) es uno de los que más cantó y sostuvo muy bien el piano y su voz, siempre, pa’rriba; el Muñeco (Juan Pablo Villanueva, del mismo grupo) también, que tiene unos repertorios distintos, es un innovador.

La motivación inicial para el disco fue una urgencia, explica el dueño de casa. «La inspiración principal fue que tuve que abandonar esta casa. Y como aquí ensayaron varios grupos, grabaron discos incluso y se armaron miles de fiestas… No sé cuándo pueda tener otro lugar en que haya piano, para que venga la gente a hacer fiestas».

Si ése el fue el detonante para grabar el disco, Bermejo no disimula tampoco cuál es la influencia directa.

—Obviamente siempre muy basado e inspirado en las Cuecas con escándalo –dice, a propósito del fundamental long play que grabaron en 1970 diversos cantores con el arpista Alberto Rey como artífice–. Ése es un disco ícono, por el espíritu que tiene. El espíritu de la fiesta en el que se improvisa, en el que hay un repertorio común súper dominado, que permite que se unan dos músicos de un grupo, tres músicos de otro, bajo la misma tradición. Con ese espíritu del escándalo, para mi gusto están los mejores de la época ahí. En honor a eso pensé en replicar también las fiestas que se hicieron aquí, con la oportunidad de la técnica de cámara, del micrófono.

—¿Cuándo escuchaste ese disco primera vez?
—Lo escuché la primera vez empezando a sumergirme en la cueca, que fue el 2006 recién.

En la Vega el 2006

El propio Francisco Bermejo recapitula su historia del descubrimiento de la cueca en primera persona.

—Súper resumido para que entiendas mi proceso. Yo viví en Isla de Pascua desde el ’97 hasta el 2003, en Hanga Roa. Allá trabajaba en fotos y volví a Chile, al continente, encariñado mucho más con la fotografía. Se divide en dos mi camino fotográfico: hacía fotos y además siempre hice mi registro propio y personal. Y en Isla de Pascua había visto a generaciones distintas pero todas orgullosas de sus tradiciones, de su cultura, de su idioma, de su canto. Entonces medio inconsciente llegué con esa interrogante a Santiago. Y el 2006 voy a La Vega y veo a Los Trukeros.

—De casualidad.
—Sí, de casualidad, a comprar. Y en un pasillo de repente veo un lote grande de seis u ocho cantores, estaba la Carmen (López, entonces integrante del grupo), y dije «no puedo creer esto, esto es cueca». Mirando el personaje, cómo interactuaban con la gente, lo sentí tan de verdad en el fondo, diametralmente opuesto a lo que la vida me había enseñado o que había apreciado en el colegio o en la televisión sobre la cueca, que era una cosa poco atractiva para mi gusto, maqueteada. Andaba sin cámara, pero ese mismo día me metí a Internet a buscar y llego a lo de Mario Rojas.

Lo que el fotógrafo encontró en la red fue el documental “Bitácora de Los Chileneros”, registro audiovisual de Hernán Núñez Oyarce hecho por Mario Rojas en 2000. Seis años después, Rojas estaba trabajando en su disco El ángel de la cueca (2006). “Y de ahí me largo a hacer fotos”, recuerda Bermejo.

—¿Con quién empezaste, con los mismos Trukeros?
—Sí, muy en paralelo porque con esta obsesión también iba el lunes al (restaurante) El Huaso Henríquez, donde conocí al Baucha, lo fotografié, conversamos muchas veces, lo tengo grabado, íbamos a comer, íbamos al Hoyo, íbamos a pasearnos por esos barrios. Yo necesitaba ponerme al día. De ahí fui al Maule, a buscar al Pollito Navarro (Carlos Navarro, acordeonista histórico del segundo disco de Los Chileneros). Estuve muchas veces con él, lo llamo siempre por teléfono. Después conocí a Cubillos, a Rafael Traslaviña, a Iván Cazabón.

—Entraste en un arco muy amplio, desde Los Trukeros hasta Mario Rojas y luego hasta cuequeros más antiguos.
—Claro, porque tiene que ver con la personalidad también, de escudriñar hasta el fondo máximo que uno pueda para entender cosas, para sentirlas, saberlas. Yo rallo, o sea mi sueño es encontrar cosas de Las Tres B, del Matadero –dice, a propósito de una de las legendarias picadas del barrio Matadero.

—Está la clásica foto del asado donde aparecen Nano Núñez, el Baucha, Fernando González Marabolí en Las Tres B.
—Pero quería escarbar un poquito más, porque tengo un apego con el tema fotográfico del que saco conclusiones. Me consigo fotos del (cuequero porteño) Cuadradito con el Baucha para escudriñar también sobre quién era él. A Mario Catalán también lo busqué por ahí. Estuve con la hermana del Perico (Raúl Lizama, pianista de Los Chileneros); con la Margot Loyola como cuatro veces. Siempre con grabadora, porque tengo muy mala memoria y necesito ordenar en el tiempo y en el espacio a ciertos personajes y experiencias.

 Riguroso blanco y negro

—¿Las fotografías con las que partiste son retratos, sesiones, imágenes de ellos tocando?
—No, sesiones no, y el escenario tampoco. Una vez que tuve que hacer una exposición decidí dejar a un lado el escenario. Tengo muy pocas fotos elegidas en las que se vea un micrófono, una presentación. Decidí muy pronto que la cueca como yo la veo y la siento tiene su máxima expresión en la fiesta. Y la fiesta es en una casa, en el Galpón Víctor Jara o en El Huaso Enrique después de que se bajan del escenario, cuando se arma una rueda en la esquinita y alguien trae una botella de vino y ya: ahí voy yo. En el caso de los retratos, especialmente de los personajes más antiguos, me apego más al tema fotográfico, y tiene que ver con mis guiños: es un retrato en su espacio, en el que la persona que no conoza al personaje va a entender que es de la cueca. Tiene que ver con el personaje.

—¿A quiénes has retratado en ese plano?
—Cubillos, Pollito, Cazabón, Traslaviña, ahora la Margot, Mario Rojas, el Baucha, el Buey, Mario Santis, el mismo Aladín.

—Si empezaste el 2006 no alcanzaste a fotografiar ni a Fernando Gonzalez Marabolí ni a Nano Núñez.
—Ni al Perico. Por eso uno siempre lo dice: uno llega siempre tarde.

—¿Fuiste al Maule a fotografiar al Pollito?
—Sí. Pollito me costó porque nadie tenía el teléfono. Lo estuvimos dos días buscando, recorrimos todo el Maule, hasta que en una peluquería nos dijeron «¿Un caballero canoso, chiquitito? Vive en tal parte».

—Todas estas imágenes son en blanco y negro riguroso.
—Rigurosamente en blanco y negro.

—¿Por qué?
—Oficio. Yo creo firmemente en el oficio, y el oficio del blanco y negro significa laboratorio, por los negativos. Yo admiro mucho el registro análogo. Todo esto está en negativo, porque los negativos quedan, duran doscientos años a no ser que se incendien. Y el digital se pierde, no confío en la máquina, se borran, se cambian de formato.

—¿Está destinado a morir ese formato, o siempre se va a seguir produciendo material para fotografía análoga?
Ha bajado mucho pero sigue, sobre todo las nuevas generaciones, como son todos los
revival: les gusta mucho. Lo del blanco y negro tiene que ver con una cosa muy personal: aprendí y resolví cómo armar en blanco y negro un cuadro. En color me pierdo. Para mí, si no tienes resuelto el color de una fotografía, da lo mismo a quién estés fotografiando, no sirve. Si tengo un personaje mítico al frente y está en su casa donde el color no funciona, y no es que tenga que combinar, sino que funcione como un vehículo para contarte algo, no sirve. En ese caso la fotografía se trata del color. En el blanco y negro lo que manda es lo que estás fotografiando.

—¿Y con la foto digital cuál es el reparo?
—Tiene que ver con el registro, con el porvenir que va a tener, con el orden, con la acumulación, cosa tangible, y con el trabajo de laboratorio que es de oficio. Mi conclusión, de lo que he visto con otros fotógrafos y lo que me ha pasado a mí, es que con la fotografía digital tú disparas primero y después piensas. Después eliges, «ésta me gustó». En el (sistema) análogo, por un tema de costos de tiempo, tú piensas y luego disparas. Entonces llego a una sesión con el Pollito, saco tres rollos máximo y los revelo. Tiene que ver con el proceso, con el oficio, con el entendimiento de que uno está buscanco algo más que la cosa fortuita o el rajazo. Si me demoro un mes o dos en encontrar al Pollo, necesito un proceso lento. Una vez que estoy ahí sé que no voy a volver seguramente luego a fotografiarlo. Tengo que pensar las cosas que hago, conocer el personaje. Y ese ritmo, ese protocolo que significaba la fotografía en blanco y negro, el retrato, el fotografiado lo entiende como algo importante. «A ver, quédese ahí», le pides, y le conversas un rato. Hay una ceremonia ahí muy importante, más allá de lo técnico purista: es otro proceso, otro entendimiento.

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 De la rueda sale fuego

—¿Cómo has visto la evolución de la cueca desde que la conociste, en 2006?
—Es avanzar sin retroceso, uno no tiene vuelta atrás. Como alguien dijo alguna vez, «esto se te mete en la sangre y no te lo sacas más». Al principio, claro, investigué, fotografié, creyendo a lo mejor inconscientemente que iba a hacer una serie de fotografías y luego iba a terminar. Pero es algo que todavía no he podido ni cerrar fotográficamente hablando. No me atrevo, no quiero. No significa que no esté haciendo otras series fotográficas; me he metido en muchos otros caminos, e incluso muy paralelos a los de la cueca: el circo, las cantoras, oficios. Voy agrandando la bolsa pero al final la bolsa es la misma no más. Tiene que ver con la tradición, con de dónde uno viene, qué es el país, dónde y cómo es el país que uno habita. Va por muchos lados: más que irse cerrando, la serie fotográfica se va abriendo.

Después de estos primeros seis años de oficio fotográfico cuequero, Francisco Bermejo no sólo tiene un disco como balance. Tiene también una conclusión. Inesperada. «Mi conclusión más directa es que, si no es imposible, una fiesta es muy difícil de capturar. Porque por mucho que haya grabado siete horas, se armó afuera (en el patio) una cuestión increíble: mientras estaban ocho o nueve cantando ahí (en el living), afuera estaba Manuel Sánchez improvisando, Pepe Fuentes tirando tallas, otros cantando cueca. Lo mismo pasa con las fotos: vas a sacar fotos de la cueca pero quedas corto. Yo siento eso, que quedas corto».

—¿Y no es un asunto de recursos, de haber tenido más cámaras? ¿Tampoco se trata de poner cámaras en todas partes?
—No, porque si empezaba a poner dos micrófonos, otra cámara, coartabas a la gente. No habrían dicho lo que dijeron, no habrían cantado lo que cantaron. Eso se guarda en el disco duro y en el corazón. Al final es una conclusión bien dolorosa para alguien como yo que hace fotos, que se trata de capturar. No se puede.

—¿No se puede? ¿Es constatar un fracaso?
—Sí, sí, tú puedes capturar una esencia de algo, como el barniz, como la aproximación, pero lo que viviste, que al final tiene olor, tiene sabor, tiene cariño, eso es incapturable. El olor a asado, el gusto a vino, el abrazo con el compañero cuando llegaron los del puerto, la algarabía que se armó. Y es bonito este cruce, que yo no creo que se produce con cualquier otro ritmo en Chile, el cruce transversal de edad. Que haya cabros de veintiún, veintidós, veintitrés años, con el tío Elías (Elías Zamora, baterista de Los Paleteados del Puerto y La Isla de la Fantasía), que tendrá unos setenta, o con Pepe Fuentes que tiene unos ochenta y dos, y los veías en la pista de igual a igual, con respeto para ambos lados. En el fondo con eso es que uno se queda.

—Y esa incapacidad de capturar lo que pasa, ¿es frustrante o no?
—Hay fotógrafos que dicen que uno no se tiene que involucrar en un tema para poder fotografiarlo.

—Claramente tú no eres de esos.
—No soy de esos y jamás lo haría así.

—¿No existe esa frontera?
—En lo del reportaje uno puede que pierda objetividad, pero se va metiendo más adentro. Va siendo más objetivo dentro del abanico que se va abriendo. Y uno se queda corto porque se va involucrando sentimentalmente, emocionalmente, amistosamente, románticamente, entonces no puedo reproducir ninguna de las fiestas que he vivido, aquí ni en otro lado. Cómo le pones olor, sabor.

Entre las exposiciones de Francisco Bermejo figuran una muestra para Biblioteca Viva, una sobre circo en Argentina en 2010 y en Chile  en 2011, y dos en Isla de Pascua, además de la recopilación de fotos para el libro El que sae, sae (2012), de Mario Rojas. Y lo pendiente es la opción de publicar un libro de fotos propias.

—Ese libro merece un disco con todas las conversaciones que he grabado, con relatos, sonidos ambiente de cuecas, en El Rincón de las Guitarras, en el Club Hípico, en el camarín del (Galpón) Víctor Jara, en el Romerito –dice–. Por esto me van a crucificar, pero yo creo que si bien el disco es casi la única fórmula para mostrar tu trabajo, el escenario le queda tan chico a la cueca. Los músicos también saben que en una fiesta sin amplificación, con lo que haya para tocar, la rueda gira mucho más fuerte, cuajan ciertas cosas. Sale fuego.

Más información:

www.franciscobermejo.cl

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