Esto no es pa’ giles

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A mí me gusta cada vez más la cueca, en la medida que entro en ciertas profundidades de su tradición. Confieso tener prejuicios y mucho recelo con su enseñanza formal, odio el agotador y majadero esquema didáctico de los “tres pasos pa’llá y tres pasos pa’cá”, me carga su uso instrumental en exaltar valores patrióticos, y estoy convencido que ningún grupo de canto y danza la canta apropiadamente. Si puede servir como declaración de principios, lo digo con todas sus letras: “ESA CUECA, NO ES MI CUECA”.

Cuando hablo de cueca chilena, me refiero a una tradición más genuina que el estereotipo higiénico e ilustrado que la chilenidad de cuello y corbata se construyó para acercarla a lo sagrado de los emblemas y los himnos.
Yo me quedo con la cueca de los Hermanos Cotollo.

Los Hermanos Cotollo no son hermanos propiamente tal, ése es solamente su nombre artístico. Se conocieron cantando en ruedas de cantores, en casas de niñas, en fiestas de choros con plata, en ambientes de “gente habilosa”, como dice el hermano del medio.

Los tres Hermanos Cotollo pudieran definirse como lo más representativo de una especie en extinción: el “roto histórico”. Distinto y con mayores méritos que el “roto histérico”, su mal parido heredero natural.
El roto histórico luchó en grandes guerras, tejió de vías ferreas el territorio, sacó el mineral a martillazos y buceó las profundidades del mar para que fuéramos un país mejor y más grande.

Producto de un dialéctico salto cualitativo, de la vida colonial a la republicana, el hijo de siervos de la tierra que salió en busca del salario, el huaso cimarrón, que huyó de sus amos latifundistas y recorrió el continente, hizo merecida fama de “gallo” agresivo y corajudo, ese es el roto del que heredaron su canto los hermanos Cotollo. Hoy nadie sabe a qué se refieren cuando hacen mención a su ascendencia social, ese personaje no quedó suficientemente retratado en la historia del país (por supuesto), fue la carne de cañón en la guerra, la mano de obra útil y barata en las minas y en los caminos. Pero también fue una carga social indeseable cuando se marginó del todo para convertirse en “sartén”, en “choro”, en “pillingajo”, en bandolero.

Cuando Los Hermanos Cotollo cantan, yo sé que estoy escuchando el sonido de antiguas batallas. Se miran de reojo y el hermano del medio se sienta al piano, los otros comienzan a templar el pandero y los platillitos. De repente, uno de ellos eleva la voz (es decir, “saca”), sus hermanos secundean gorgoreando, los versos se suceden con naturalidad y la cueca chilena cobra un sentido verdadero y profundo.

Yo le creo al Cotollo mayor cuando dice: “ésto no es pa’ giles, amigo Rojas”

Nota del autor: los Hermanos Cotollo no existen, cualquier parecido con personajes de la realidad es pura coincidencia.

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