Entrevista a MARÍA ESTHER ZAMORA: “Estoy de pie gracias a ustedes”.

Recientemente reconocida con el “Premio al Roto Chileno” de los Vecinos del Barrio Yungay, reconocida como “Gran maestre de la cueca” por el Club Matadero, eterna primera figura de la “Yein Fonda”, gran exponente de la cueca urbana e hija de uno de los símbolos del género, María Esther Zamora logró recuperarse rápidamente del macabro accidente de junio pasado. Desde “La casa de la cueca” expresa su gratitud por los amigos y seguidores y repasa los hitos fundamentales de su vida.

Por Ricardo Silva R. y Manuel Vilches P.

Para EL MEOLLO CULTURAL – wwe.elmeollocultural.com 

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Para reconocer “La casa de la cueca” basta con ir por Avenida Matta, en la altura con Carmen, y divisar una bandera chilena en un segundo piso, en cualquier época del año. Lo que en algunos casos puede parecer chovinismo o sentimentalismo barato acá parece algo más crucial y honesto, no en vano mientras María Esther Zamora conversa con su vigor envidiable se escucha incesantemente el timbre y el zapateo de los alumnos que toman un taller de cueca los viernes en la noche. Por los pasillos, además, hay una enorme galería, con decenas y hasta centenares de artistas que han escrito la historia de la música chilena, sólo comparable con la que existe con el Sindicato de Folkloristas.

Unos pasos más allá Pepe Fuentes, en camiseta, lee el diario relajadamente y pide un poco de bebida. Llevan juntos cerca de tres décadas y se han vuelto una dupla clave para entender la vigencia del “folklore urbano”, como se le suele llamar. Como hija de Segundo Zamora, “el Guatón”, María Esther ha luchado por mantener sus canciones en las nuevas generaciones y a través de “La casa de la cueca” ha logrado un punto de reunión para los amantes de las tradiciones. Luego del accidente de junio se pensó que su carrera corría peligro, pero rápidamente logró ponerse de pie y nunca dejó de cantar.

Aunque goza mucho del presente y del cariño de muchos de sus seguidores, Zamora se emociona rápidamente para mirar hacia sus primeros años. “Cuando me hablan de mi infancia lo primero que recuerdo es la casa de mi abuelo. Él era de La Vega, ’El rey del poroto verde’. En su casa en Bezanilla, barrio Independencia, estaba la familia completa y él era el patriarca, que estaba siempre de  cabecera de mesa, y yo a su diestra. Todos nacimos en la casa, porque en esa época se usaba así y mi padre decía ‘quiero ver lo que hice’, no le gustaba que mi mamá se mejorara en el hospital. No sé cómo comíamos tanto en esa época, mi abuelo mandaba al cargador a la casa y llegaba todos los días con fruta y verdura; partíamos con alcachofas, después cazuela, un plato de fondo y cajones de frutas para que sacáramos lo que quisiésemos. Recuerdo el olor de la albahaca en los porotos, el de la fruta; vivimos en un ambiente tremendamente acogedor, por eso que en mi casa conservamos esos valores que no olvidaré jamás: la ternura, el cariño de la familia.

– Debe haber tenido mucha vida social esa casa
– Claro, porque mi padre era amigo de los amigos, tenía mil compadres, de ahí surge “Cantemos querido amigo”, porque eran fundamentales en la vida. Cuando mi abuelo y mi hermano estaban de santo (se llamaban Pedro) llegaba gente de todos lados: de San Felipe, Valparaíso, etc. Y los regalos eran un ganso con un rosón, gallinas, un cordero vivo que llegaba a la casa balando. La casa estaba siempre impecable, encerada, y se iba todo a la cresta cuando llegaban los bichos, los conejos los pelaban ahí mismo. Toda la familia era cocinera, mi mamá tenía una mano increíble, mi hermano carneaba un chancho en un rato. Yo era medio pituquita, no me gustaba meterme a la cocina, pero me metí a la gastronomía mirando a los demás.

– ¿Ese es el espíritu que ha querido mantener en La Casa de la Cueca?
– Por supuesto, su fuerte es la gastronomía pero para mí es fundamental conservar los valores de la familia, porque no puede ser que se pierdan. Acá sentamos a los jóvenes con amigas mías que están jubiladas, que van por los 70, y sale un resultado muy lindo porque los cabros ahora tienen tremenda personalidad, antes éramos más pavos, así que les preguntan a mis amigas y ellas les comparten su sabiduría, sus vivencias. Los jóvenes se asombran cómo eran las cosas antes porque no puede ser que desaparezcan las costumbres: el decir “con permiso”, “muchas gracias”, no pararse hasta que lo haga el dueño de casa, cosas tan necesarias que se pierden.

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Acá llegan jóvenes a los que les pregunto “¿cómo están tus papás?” y me dicen “no sé, hace días que no los veo porque los dos trabajan, así que prefiero venir acá porque me duele comerme un plato solo en la casa”. Eso a mí me duele más, porque yo no lo pasé, entiendes, nosotros nos sentábamos y todos teníamos que contar algo. Mi hermano llegaba de jugar a la pelota, corría a lavarse las manos y peinarse, se arreglaba, le corría el piñén porque no se lavaba bien pero estaba peinado a la cachetada y le presentaba las manos limpias al tata. “Ya, siéntese a la mesa”, le decían. Eso tiene un sabor exquisito, una tradición de vida que a mí me encantaría que estuviese, todas estas cosas se las contamos a los niños.

– ¿Qué otros objetos le recuerdan la infancia?
– La artesa era tan fundamental en un hogar. Además de lavar la ropa servía para los pañales, porque en esa época no había desechables y nos pasábamos la noche descacando. Y cuando a mis hijos les daba la rabieta se les metía a la artesa y se acababa la rabieta, no había para qué pegarles. Cuando había fiestas grandes la artesa era el lugar para poner el copete y la barra de hielo. Ahora no podís echar eso en una lavadora.

– ¿Y sonoramente?
– El ruido del Ferrocarril Oeste, el carro. Vivíamos en Independencia y había unos carros, el 39, el 8, que pasaban por mi casa y nos dejaban en la Estación Central; había otro que era Carrascal Oeste, los escuchábamos desde la casa y mi hermano bajaba del segundo piso e iba a meterse a la muela del carro y yo gritaba porque me daba pánico. Era bien estridente pero era muy entretenido escucharlo, ahora uno trata de evocarlo y casi se va en el olvido.

LOS INICIOS Y EL GUATÓN ZAMORA
  -¿Lo artístico le gustó desde niña?
– Claro, porque la gente nace, no se hace. Uno nace con talento, esta cuestión te tira, desde muy chica decían en las fiestas “que cante la niña, que recite”, y yo lo hacía. . Me arrancaba con los tarros, bailaba ballet, flamenco, iba al Municipal con 6 años y estaba en otras cosas en el colegio, siempre me gustó el arte.

– ¿Cuál era su repertorio?
– Cantaba “Doña Peta”, “El zapaterito clava”, que ustedes no deben ni ubicar. En esa época estaba de moda Jorgito Riverón.

– ¿ De la onda de Joselito?
– Claro, pero Joselito era un bebé para nosotros. Riverón, en cambio, era un poco mayor que yo. Yo le imitaba todo, porque era una “Juanita tres cocos”, como se decía en la época. Era ahombrada porque me crié con mi hermano y jugaba a las bolitas, la rayuela, los tres hoyitos, y a mis muñecas les decía que se quedaran tranquilas cuando jugaba. Tuve amigos imaginarios, vi duendes, todas esas cuestiones de los cabros chicos, vi al Viejo Pascuero aunque mi papá decía que era mentira, pero me imaginaba tantas cosas que todo lo visualizaba y lo hacía verdad, así que seguramente lo vi. Me desilusioné eso sí cuando estábamos jugando con mi hermano y se nos cayó la pelota detrás del ropero; ahí vi los juguetes y se me murió el Viejo Pascuero. Nací en cuna de oro, eso no lo puedo negar, todos los domingos tenía ropa nueva, nunca faltó nada. Mi papá trabajaba en cinco o seis locales diariamente, así que vivíamos muy bien, lo pasamos increíble.

– ¿Y cuando fueron las primeras actuaciones profesionales?
– Empecé de niña en la Radio del Pacífico, en “La copucha del colegial”. A los 14 ya grabé en el LP bailable que hizo mi papá. Además grabé un tango con su orquesta y desde ahí empiezo a trabajar en teatros móviles, además de los rodeos y las ramadas. En la ramada oficial de Viña éramos los estelares, porque además de cueca tocábamos guaracha, cha cha cha, pasodoble, de todo. Los teatros móviles eran bonitos,  íbamos por los barrios de Santiago en carpas y hacíamos un grupo familiar: mi padre, mi hermano Pedro, mi tío Valentín y yo, reforzados por otros instrumentos, pero el fuerte eran los Zamora.

Recuerdos de María Esther Zamora de los ensayos de su padre con el Trío Añoranzas.

– ¿Cree que su papá se fue feliz?
– Tuvo una vida muy linda, murió en su ley, cómo quería, de un infarto arriba del escenario, ovacionado en el Sausalito. Murió joven, de  55 años, pero nunca me he consolado. Lo digo con toda honestidad, para mí él está siempre y me da mucha tristeza porque me hubiese gustado que disfrutara de esto, de lo que hay ahora, del boom de la cueca entre la juventud. Siempre le digo al Pepe que hubiera querido verlo sentadito mirando a los jóvenes bailar cueca. Hacia el final de su vida estaba un poco triste porque costó mucho mantener la cueca viva, hubo un momento en el que no había muchos lugares para difundir y movimientos como el Neofolklore o la Nueva Ola provocaron un bajón para la cueca tradicional. Mi papá siguió grabando pero no era lo de los años 50, ya estaba bajando y él estaba desilusionado, lloraba por la música chilena. Nunca vi una persona que llorara cuando no se tocaba cueca.

– ¿Y para cantar cueca se vestía de huaso o de civil?
– Como fuera, a los rodeos había que ir de huaso y en otras ocasiones había que estar de smoking. No se hacía problemas pero nosotros sí, porque cuando tuvimos el grupo “Vamos pa Chile” con el Pepe nos opusimos a vestirnos de huaso para unas actuaciones de la Central de Restaurantes y no nos hicieron ir nunca más. Una vez me tocó animar en el Ópera Catedral y dije “ahora vestimos la cueca de smoking”, porque ahí van todos los “pos’om” y a ese lugar llegó la cueca tradicional, con cabros como La Gallera y otros y yo le explicaba al público por qué fue esa pelea por vestirnos como queríamos para cantar la cueca. Fue una lucha que dimos por muchos años y creemos que nos fue bien, porque ya nadie se viste de huaso para cantarla.

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– ¿Quiénes ayudaron a mantener la cueca en esos años en que su papá sentía que había pocos espacios?
Artistas como Silvia Infanta, el dúo Rey Silva…

– ¿Mario Catalán?
Bueno, él no era un artista… consagrado, era un admirador de la cueca y fue un boom con el Dúo Rey Silva. Él vendía papas en La Vega y fue una persona autodidacta, un gallo entretenido, tremendo amigo, tremendo cantor. Era un “chansonnier” como se decía, bailaba tap, cantaba en inglés, era un tipo en la onda de Maurice Chevalier; era entretenidísimo y se puso a cantar cueca de joda y le dio resultado. Cuando escuchas un buen cantor lo único que quieres es grabar con él, y eso le pasó al Dúo Rey Silva. No era un artista profesional, fue un descubrimiento que grabara.

– ¿Las grabaciones de Los Chileneros fueron tan importantes en la época como se les recuerda hoy?
– Ellos fueron todos amigos pero los conocí antes de que fueran Chileneros. Al Nano Núñez lo ubicaba como el personaje al que lo invitaban a tocar tormento en las cuecas, ni sabía que era compositor. El Perico lo conocí como un lindo cantor cuequero de la Estación, en Los Polleros; iba a cantar como ahora van los chicos, como empezaron todos. Al Baucha lo escuché en el Matadero y es un cantor innato, siempre cantó muy bien los valses, tango. Les fue bien de inmediato porque tenían su público cautivo, porque cantaban separadamente en lugares como esos. De repente el Nano saca sus canciones y fue una sorpresa, porque no tenía idea que tuviera creaciones tan increíbles; él pidió mucho asesoramiento a  Humberto Campos, quien le fue indicando cosas de la parte musical,  las melodías, porque el Nano era sobre todo un gran verseador. Era obvio que les iba a ir bien, porque separados eran muy buenos y juntos eran maravillosos. Es interesante notar, en todo caso, que los  mejores cuequeros que ha habido fueron todos autodidactas. Mi papá vino a escribir música casi de viejo (porque en esos años le decíamos viejo al que tenía 40), pero empezó a tocar acordeón solo y componía desde sus vivencias. Hizo una tonada, “Tierra chilena”, cuando iba por el tren de Santiago a Valparaíso; vio el valle de Aconcagua y armó un tema increíble. “Cantemos querido amigo”, “Cuerpo malo” son de sus historias, “El viejo cojo” fue para cuando tuvo su primer ataque de hemiplejia, se reía de él.

“ME GUSTÓ DE PEPE FUENTES QUE FUERA MEDIO QUEDADO” 
– ¿Cómo llegó el Pepe Fuentes a su vida?
– Apareció por mi casa cuando yo tenía cinco años. Mi papá era amigo de Luis Bahamonde y él tocaba en Fiesta Linda, que en el folklore era como ser de Los Beatles. A mi papi le gustó porque era empeñoso y  cantaba bien. Se armó un grupo de buenos guitarristas para acompañar las grabaciones de Lucho Gatica, Arturo Gatica, Ester Soré, que dirigía Humberto Campos y en el que Pepe empezó a participar mucho. Cuando vino Charlo a Chile pidió un grupo de guitarristas criollos y el Pepe estuvo también, así que venía a Santiago y siempre pasaba por ahí.

Varios años después mi papá tenía una Quinta de Recreo en San Pablo, que primero estuvo en Renca, y se llamaba “Aquí está el Guatón Zamora”. Hasta allá llegaban varios de estos guitarreros a vacilar un poquito, mi papá les ponía unas pichangas y ellos guitarreaban, casi ensayando. Ya por esa época empezamos a pinchar.

El inicio del romance con Pepe Fuentes

Un día llega sorpresivamente y me dice: “sabe, voy a ir a Buenos Aires por unos días”, “qué bueno” le dije, “y cuando vuelve”, “no, quince días nomás”, “ah ya. Escríbame, mande una carta a su casa y pida que me la traigan a mí o a mi hermano”, porque si mis padres se enteraban me iba a llegar. Se demoró 22 años en volver y cuando apareció el patudo me pregunta “¿te casaste?”, “no, si te iba a estar esperando”. Él decía que me escribió varias veces pero después me enteré que mi hermano destruyó las cartas porque él se puso a pololear con una chiquilla y me querían hacer gancho con su hermano. Él me decía “no, si el Pepe se casó, tiene hijos”, así que pasaron unos tres o cuatro años desde que se fue para que me desilusionara completamente.

– Debe haber sido duro…
– Sí, pero siempre pienso, y le he dicho a todo el mundo, que finalmente nos hicimos un favor, porque yo era un niñita, el Pepe es 16 años mayor que yo, y  si nos hubiésemos casado altiro habría sido un rotundo fracaso y él no sería lo que es ahora. Allá estudió en el conservatorio, se especializó en música, es orquestador, aprendió cualquier cosa en Buenos Aires. Yo lo pasé bien penca pero él llegó siendo un gran músico.

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– ¿Cuándo vuelve?
– En 1982. Yo todavía estaba con el padre de mis hijos, así que cuando el Pepe supo se alejó de inmediato. No quiso nada más hasta que enviudé y recién ahí empezamos a vernos, a conversar y a recordar. Nos juntamos para cantar primero, después nos seguimos viendo y el Pepe dijo que nos casáramos, más que nada para no avergonzar a mis hijos. Estos años han sido vitales porque yo puedo tener buena voz, pero lo que soy como artista se lo debo al Pepe, porque es exigente al máximo. Cuando empecé a grabar mi papá decía “¡pónele Kaplán!”, porque estaba de moda el doctor que hizo el primer trasplante de corazón y traté de meterle Kaplán y salió más o menos, porque tenía buena voz, era afinadita, pero me faltaba algo en la interpretación.

Apenas el Pepe estuvo a mi lado me empezó a exigir, peleábamos todos los días. Yo me rompía el alma para cantar algo y decía “no me convences, no me convences”, me hacía parar. Me corregía, me enseñaba los gestos del cuerpo, me preguntaba “¿leyó la letra?, parece que no la leyó”. Nunca llegó el momento en que encontrara algo bueno que hice, recién hace poco me dijo “mamita, eso salió bien”. “Ah, qué bueno, tan amable”, le dije. Los cabros que tocan con nosotros me dicen “la cagó, muy bueno”, y el Pepe apenas “sí, bien”. “Pura envidia”, dicen ellos.

– ¿Qué papel ha jugado el Álvaro Henríquez en la revalorización que han tenido la cueca y ustedes mismos en los últimos años?
– ¡Uf!, Para mí el Álvaro es como un ángel que pasó por nuestras vidas y llegó de una forma muy rara. Ha estado en todas, siempre preocupado

El encuentro de Álvaro Henríquez con Pepe Fuentes

Cuando María Esther Zamora conoció a Álvaro Henríquez y le hizo una carne a la cacerola

– ¿Y habrá incidido en el interés de los jóvenes?
– Por supuesto, para mí fue el que abrió las puertas de la cueca, nadie lo puede discutir. Cuando él se pone a cantar cuecas en Viña en medio del boom de Los Tres los jóvenes se volvieron locos y permitió que entrara con bríos. Seríamos malagradecidos si no lo dijéramos. Yo que soy vieja fogueada en la cueca, y mi marido que tiene 83 años lo tenemos más que claro, y lo mejor es que el Álvaro nunca ha dicho “gracias a mí … “ o “yo hice…”, sino “qué bueno que lo pude hacer”. Los viejos tenemos tanto que agradecerle porque por él salimos a flote. Siempre hicimos cosas, arrendamos locales, organizamos tocatas, nunca dejamos de cantar, pero que ahora haya más de 400 grupos jóvenes de cueca, y con cosas nuevas, me emociona mucho. Cuando voy al Abril Cuecas Mil voy a puro llorar y le doy gracias a Dios y al Álvaro, que ahora respeten la trayectoria de los viejos. Lamento tanto que no esté mi hermano Pedro o mi padre, para que vieran esto que ha sido tan maravilloso.

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“CANTAR EN VIVO OTRA VEZ FUE VOLVER A LA VIDA”
– En junio pasó ese accidente que causó tanta conmoción entre sus cercanos y admiradores. ¿Nos puede contar cómo fue y cómo lo sobrellevó?
– Fue terrible. Ese día veníamos de un trabajo que hicimos en el matrimonio del arquero de la Selección, Claudio Bravo. Nos fuimos muy felices del lugar en una van que nos puso la productora y planificábamos un curanto donde debíamos cantar al día siguiente. Como llegamos temprano, tipo 12 de la noche, le dije a Juanito Espinoza que aprovecháramos de dejar los instrumentos en el local y no pasar a la casa, para dejar todo listo para el curanto y no tener que levantarnos temprano.

El Pepe, el bajista y el que toca las percusiones quisieron acompañarnos  pero les dijimos que no, para que fuera más rápido y no quedarnos mucho y relajarnos en el local. En Cochrane con Matta le dije al Juanito que prendiera la radio para escuchar la repetición de mi programa “Cosecha nacional” en la Radio Volver. Como estaba chicharreando él se agacha para sintonizar y cuando levanta la cabeza vemos encima una micro del Transantiago que tenía luz verde y venía a 100 por hora. No me di cuenta, no pude decir ni cuidado, mi amigo muere y yo caigo al suelo con su peso encima. Me rompí la rodilla en tres partes, se me quebraron siete costillas, se me perfora el pulmón. Aunque no se crea me salvó que iba sin cinturón, porque si no me habría roto los intestinos. Estaba consciente y decía “asistan a mi amigo”, pero él ya estaba muerto; recién a los quince días supe que había pasado con él. Fue trágico, porque era nuestro brazo derecho, el cuidador, guardaespaldas, que estaba pendiente de las clases que se hacen acá, de todo.

– ¿Cuánto tiempo estuvo en el hospital?
– Dos meses y medio. Salí a comienzos de septiembre y poquito después ya cantaba en la Yein Fonda.  El Álvaro me llamó cuando estaba internada y yo no quería porque no me podía parar, pero me respondió que “yo le pregunté si podía cantar, no si podía moverse”. Me pusieron en una tarima, canté y fue volver a la vida. En octubre había muchas pegas firmadas y me animé a hacerlo nomás. Le pedía ayuda a los cabros que tocan conmigo y les decía que nunca tuve bastones tan jóvenes. Logré volver a cantar pero fue gracias a tanta gente, amigos que me llamaban, que hicieron beneficios, público que llenó todas las salas donde juntaron plata para mi recuperación. En el concierto en el Club Matadero hablé por teléfono y hasta el gato lloró, se escuchaba un silencio… lloraba de la emoción. Ha sido todo muy fuerte, pero estoy parada por ustedes, por tantos que me expresaron afecto. Si Dios me dejó acá es porque tengo algo más que hacer.

BONUS TRACK: Su delirante plan para hacer un concierto conjunto durante este verano

Foto en Club Matadero: Emilia Iguana Aguilera / Foto en Casa de la Cueca: Ricardo Silva y Manuel Vilches / Fotos Segundo Zamora y Pepe Fuentes: Archivo Casa de la Cueca

FUENTE: EL MEOLLO CULTURAL / www.elmeollocultural.com

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